Grey, campos de futbol y fiestas populares

Asisto literalmente de oyente a multitud de conversaciones de desayuno sobre Cincuenta Sombras de Grey. Es más, ante la duda sobre un título que no he leído, y una película que no veré me limito a un intento de búsqueda en Google. Basta con poner “Cin…”, que el buscador me ofrece el resto. Así que esforzado lector, que otra cosa no puede ser si lee off topic, no puedo evitar ser uno más. Es más, le advierto para evitarle el doloroso esfuerzo de seguir que voy a ser uno de esos snobs que critican la cosa sin haberla probado. Será este un comentario “de oído”.

Las conversaciones sobre la ya famosa película giran alrededor de ciertas ideas básicas. Tenemos en primer lugar, la aproximación progre analítica de quienes picados por la curiosidad ven la película y sólo aprecian un ejercicio banal de porno blando en su versión sado. Por otra parte, está el de aquellos que, por supuesto asumiendo públicamente y a voz en grito que aquello es malo, no dejan de pensar que el libro, y la peli, les sirve para aprender, para dar algo de vidilla a ese matrimonio decaído y aburrido por la repetición. Por último, hay un poco de fenómeno fan, generalmente de devoradora del libro que incluso ponía cara y actor al personaje.

Lo que motiva este post sin embargo, no es otra cosa que una especie de ruido de fondo apenas inapreciable pero sospechosamente relevante. En la descripción de la historia existe un fondo de dominación masculina, de macho alfa que ejerce su irresistible poder de seducción. Se trata de un Jedi del sexo para el que aquello de la fuerza no es una metáfora de la energía positiva que sostiene el universo, sino más bien algo sencillamente literal. Y esto da mucho en lo que pensar.

En primer lugar, la película, tal y como la cuenta, parece uno de esos ejercicios puramente hipócritas y bien pensantes en los que de modo tan recurrente afectan a nuestra sociedad. Es aquello de que la cultura equivale a un par de botas de Fielkenkraut, la banalización edulcorada del porno. Yo no le puedo recomendar a Vd. que lea Justine ni los cuentos del Marqués de Sade, o que vea Historia de O, pero le ofrezco este sucedáneo edulcorado y políticamente correcto. Y entonces ya sí, no hace falta esconder el libro en el último estante, No hace falta mirar a todos lados antes de entrar al cine, o sonrojarse en el videoclub, por qué está de moda.

En segundo lugar, y esto es lo realmente preocupante, insisto desde el más puro desconocimiento, lo que yo percibo es una perversión del amor, e incluso del sexo, una regresión al chimpancé. Lo que me cuentan es una relación donde dominación, admiración y dolor se unen al servicio de una mujer sojuzgada. ¿Esto es lo que aprenden nuestros adolescentes? ¿Sacrificamos en el altar de las modas doscientos años de lucha por la igualdad? En lugar de promover una visión sana e igualitaria del sexo, en lugar de promover una relación entre iguales, en lugar de hacer entender que todo en la vida es un arte, también el sexo, y ello exige amor, entrega y dedicación, transmitimos el arquetipo del macho dominante.

Y mientras en un campo de futbol una manada de gorilas jalean a un jugador acusado de violencia doméstica, y en los pueblos siguen pasándolo bien al grito de maricón el que no bote. ¿Realmente seguimos siendo un país tan casposo como parece? Lo curioso del caso, es que da igual si Vd. es de izquierdas o demócrata cristiano, esto no es una cuestión de ideología. El respeto a la mujer debería estar en los genes de nuestro modo de ser social. Lo practicó Jesucristo, lo exigieron todos los movimientos de libertad e igualdad, lo recoge nuestra Constitución.

Es posible, que Vd. piense que ésta es una visión extrema, que al fin y al cabo es una novela y una película estúpida. Y tendrá razón. Es más podría decirse que constituye sin duda un ejercicio de libertad creativa. Ello es aceptable. Pero en el plano de los valores, la relativización es muy peligrosa, y sus efectos parecen percibirse ya desde hace tiempo en un repunte de machismo y violencia masculina que entre los adolescentes francamente preocupante.