Medicamentos peligrosos. ¿Locos o visionarios?

Da mucho que pensar la lectura de la carta abierta contra el protocolo de biopeligrosos de la Generalitat Valenciana publicado el trece de noviembre en la página cuatro del Diario El Mundo, en la que los familiares expresan su dolor y preocupación ante el uso de medicamentos peligrosos. Como familiar, sumo la experiencia de asistir a una jornada organizada por el Consejo de Colegios de Enfermería de la Comunidad Valenciana, en la que se abordaron estas cuestiones. Se grabó y se publicará en video. No se la pierdan.

Esta jornada fue particularmente esclarecedora. Entre otras cosas, porque además de representantes de la enfermería, lógicamente sensibilizados con la materia, participaron tres científicos de reconocido prestigio que abordaron las cuestiones desde la óptica de la metodología científica, Esto es, con rigor y seriedad. Las conclusiones no pueden ser más sencillas. Desde el punto de vista de la toxicología parece perfectamente acreditado el hecho de que sí que pueden absorberse medicamentos peligrosos por vía tópica o por vía aérea entre otras formas. Por tanto que desde un punto de vista puramente estadístico, un profesional con muchos años de experiencia puede haber estado en contacto físico centenares de veces con un cóctel de estos medicamentos.

También es cierto, como se señaló desde la perspectiva de un farmacólogo, que no existe evidencia científica de la relación entre estos fármacos y determinadas enfermedades como el cáncer. Pero las razones para que no exista tal evidencia no derivan del hecho que ésta no puede hallarse, si no curiosamente del hecho de que ésta no se ha buscado. Señalaba el conferenciante, que en toda su trayectoria de más de 40 años de investigación farmacéutica nunca le había preocupado la cuestión. Pero no le había preocupado ni él, ni a otros colegas en España, ni por supuesto a las autoridades sanitarias y de prevención de riesgos laborales. Subrayaba la dificultad de abordar un estudio con 200 medicamentos, pero no descartaba en absoluto la posibilidad de, por ejemplo, hacer una cata con aquellos más obviamente peligrosos buscando metabolitos en la orina y otro tipo de pruebas en profesionales que hubieran estado expuestos a los mismos.

Del mismo modo, señalaba que la falta de evidencia científica deriva también de la no existencia de un registro de profesionales expuestos, y de la aplicación de planes de vigilancia de la salud específicos para este tipo de profesionales. Resulta sorprendente, cuando no doloroso, que una persona del público con una declaración de incapacidad provocada por una intoxicación de este tipo, y habiendo ganado su derecho ante los tribunales, no estuviera sometida a vigilancia posterior específica que según se nos decía es obligatoria de acuerdo con la legislación sobre prevención de riesgos laborales por periodos de hasta 20 años.

Por otra parte, en las intervenciones se consideró básico el análisis de riesgos. Parece que no pueden adoptarse decisiones mínimamente racionales si no se cuenta con un mapeo del riesgo: no consta que se haya hecho. Pero no sólo los expertos, como jurista les puedo asegurar que esto lo dicen también los Reales Decretos que regulan la adopción de medidas de prevención sobre sustancias químicas o cancerosas.

Desde Estados Unidos una prestigiosa profesora de la Universidad de Georgia explicaba cómo allí se han adoptado medidas de prevención tendentes a evitar el riesgo en la preparación de este tipo de medicamentos. Es decir, podría llegarse a la conclusión después de asistir a la jornada que ante la necesidad de abordar un conjunto amplísimo de medicamentos, cuyos efectos todavía no se pueden determinar de modo preciso, pero respecto de los cuales existen evidencias de los efectos secundarios en enfermos que la mejor medida sería evitar todo riesgo. De ahí que profesionales y familiares reivindiquen su preparación en un entorno confinado en farmacia.

En este sentido resulta particularmente ilustrativa una de las intervenciones de los científicos, en este caso del farmacólogo, en la medida que señaló la necesidad de un enfoque nuevo “de un cambio de óptica en la relación de este tipo de riesgos”. Y es que, dijo que “el elemento nuclear aquí reside en el hecho de que toda nuestra óptica se ha centrado en la relación de los efectos secundarios de medicamentos sobre un enfermo. Pero los profesionales de la enfermería que los preparan y administran son personas sanas”. La óptica debe cambiar radicalmente “estamos hablando de productos que podrían enfermar a una persona sana“.

Esto cambia radicalmente el punto de vista, al menos moral y políticamente debería hacerlo. Se trata de personas que están arriesgando de manera obvia su salud para salvaguardar el bienestar, el derecho a la vida y a la salud de otros. Como decía la carta se trata de personas que cada día se arriesgan a pincharse con una aguja de un paciente infectado con SIDA o a contagiarse de una enfermedad vírica no diagnosticada. Si a ese riesgo, sumamos la angustia estar preparando medicamentos que les podrían envenenar, el estrés al que se somete al profesional resulta intolerable.

Por otra parte, la actitud de la Conselleria en esta materia resulta ciertamente preocupante. Cuando no se realiza un análisis de riesgos previo, y se tiene la impresión de haber redactado un protocolo “sobre intuiciones”, la profesionalidad del mismo puede ser sometida a crítica, queda en entredicho. Y esto lo sabe cualquier profesional, en cualquier área en la que se deban hacer análisis de riesgos para proponer medidas. Cualquier experto en riesgos de todo tipo sabe que hay que conocer bien la realidad, que hay establecer probabilidades de impactos. Y desde una aproximación muy primaria a las reglas de riesgo-probabilidad-impacto la respuesta es muy clara. Incluso constatándose una probabilidad baja de que se produjese algún intoxicación de este estilo la regla aplicar dependería del impacto. Y el impacto aquí es muy serio: enfermar.

Y en sentido el farmacólogo puso un ejemplo muy preciso. Existe un medicamento

en la lista de peligrosos, el Abacavir,  que puede producir efectos adversos que conducen a la muerte en aquellas personas que tienen un determinado defecto genético. En concreto en el 9% de las personas de raza blanca. Estamos diciendo que el 9% de los profesionales de enfermería que entran en contacto con este producto podría morir. Del mismo modo, se señalaba la existencia de medicamentos que producen broncoespasmo. La posibilidad de que se produzca puede ser probabilísticamente baja, pero lo cierto es que puede matar.

Desde este punto de vista, el análisis de riesgos ofrece una respuesta obvia: la erradicación. Nada es tan valioso como como la vida de una sola persona. Y si la persona además dedica esa vida a ayudar a los demás con mayor razón. No sé desde qué perspectiva algunos quieren hacer ver a la enfermería valenciana como a un colectivo de protestones sin fundamento. No se trata de hacer héroes, se trata de preservar la vida y proporcionar condiciones laborales razonables para los trabajadores de la sanidad. Y en este momento, y para determinados trabajadores, el riesgo es doble. No sólo es un riesgo físico sino también psicosocial. Primero por la falta de sensibilidad de los profesionales de prevención de riesgos laborales y la especie de guerra desatada contra aquellos que ponen de manifiesto esta situación y alertan contra futuros riesgos. Ello conduce a la redacción de ciertos protocolos, caracterizados por la frialdad, por la inseguridad en sus criterios, que reducen a los profesionales a meros instrumentos al servicio de una especie de cadena de producción.

Esto no deja de preocupar y de estremecer a aquellos que pensaban que precisamente el cambio de gobierno suponía un cambio de sensibilidad en el modo de entender la sanidad y sus profesionales. Los enfermeros y enfermeras de la Comunidad Valenciana no son objetos, no son cosas, no son sujetos sacrificables en aras de una verdad científica que no existe porque no se busca. No son resultados en materia de déficit porque no se quiere contratar personas y dotar farmacias. No son sacrificables posiblemente para consolidar la posición adoptada por los servicios de prevención que parece que en ningún caso están dispuestos a reconocer que tal vez no han adoptado las decisiones más acertadas. Aquí no se trata de tener razón, se trata de preservar vidas que salvan otras vidas

Nota adicional.-No dude el lector que la administración de no cambiar de criterio querrá cerrar este tema por agotamiento. No dude tampoco que este autor, y los que defienden lo que aquí se dice sean tratados de locos peligrosos. La vieja falacia del argumento ad personam. Pero recuerden a Forrest Gump, “Tonto es el que dice tonterías”. Y aquí no se ha dicho ninguna, sometan la verdad al juicio de la racionalidad, porque quien hace y dice tonterías es aquél que desprovisto de toda humanidad cosifica a nuestros enfermeros y enfermeras, y orienta estudios para decir contra toda lógica que es sano trabajar en una UCI.

Y si quiere conocer toda la historia lea: la marea podría enfermar y siga el trabajo de @vicente_useros