Excuse me, perhaps will you have One Hundred Years of García Marquez?

Para entonces, la compañía bananera había acabado de exprimirnos, y se había ido de Maco­ndo con los desperdicios de los desperdicios que nos había traído. Y con ellos se había ido la hojarasca, los últimos rastros de lo que fue el próspero Macondo de 1915. Aquí quedaba una aldea arruinada, con cuatro almacenes pobres y oscuros; ocupada por gente cesante y rencorosa, a quien atormentaban el recuerdo de un pasado próspero y la amargura de un presenté agobiado y estático. Nada había entonces en el porvenir salvo un tenebroso y calmante domingo electoral.

La Hojarasca.

El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

-Mierda.

El coronel no tiene quien le escriba.

Se ha muerto Gabriel García Márquez.

Un hombre tiene muchos padres, -¡Ay, pobre de aquél que no los tenga!-, y es su deber honrar su memoria. Y entre ellos deberíamos tener un padre literario, esa figura cuya lectura rompió algo intangible en nuestra mente abriéndola al infinito. Mi antes, mi después, mi siempre fue Gabriel García Marquez.

La muerte de Gabo despierta recuerdos de infancia y adolescencia de niño feo, gafotas y humilde. En aquellos tiempos no tenía más que la herencia de un abuelo amante de los novelones de los Dumas y Tolstói, la “Enciclopedia Joven Larousse” con sus ocho tomos y aquellos fascinantes artículos sobre astronautas del programa Apolo amerizando en el océano. Mi primer recuerdo nítido son las historias de mi abuelo, el “Iaio Gostinet” en un caserón alquilado de la calle Ramón y Cajal. Estaba enfermo de sarampión, fui un niño enfermizo, y me contaba cuentos suyos, cuentos de Calleja, cuentos de las Mil y Una Noches. Y por débil y enfermizo el Iaio se tomó la tarea de que aprendiese a leer muy muy pronto. Y lo consiguió.

Desde los cuatro años leí cuanto cayó en mis manos, hasta las etiquetas del champú. Y cuando mi abuelo murió a mis diez años esa pasión creció, y creció, en mi condición de indiscutible heredero ab intestato de su biblioteca tristemente arrasada por las inundaciones de 1982. Pero no había bastante, la biblioteca escolar y municipal eran fuente inagotable para un sinfín de lecturas anárquicas y pasionales. Vienen hoy a mi memoria títulos absurdos para aquella edad como “Rommel zorro del desierto”, o la historia de Von Braun y la carrera por el espacio, Calderón de la Barca, y Shakespeare, las obras de Julio Verne devoradas a ritmo de dos tardes, o los veranos con mi abuela Pepita y Mujercitas, la Cabaña del tío Tom y aquellos dos tomos sobre la Historia de la Segunda Guerra Mundial que aún hoy conservo.

Cuando “Crónica de una Muerte Anunciada” cayó en mis manos aquel terreno abonado que era mi mente fue sacudido por un terremoto. Es uno de esos recuerdos nítidos que evocamos casi como si de una película se tratase. Me veo sentado en la plaza de l’Ajuntament, un engendro arquitectónico en Carcaixent, en un banco metálico frente a la Iglesia dejando a mi espalda el ayuntamiento. Recuerdo el asiento exacto. Y cómo no podía dejar por un segundo la lectura, y quienes se cruzaron conmigo ese día sin que les hiciese el menor caso, abducido por una lectura que continuó después en casa hasta agotar la última página.

Fue aquel un verano de nadar en balsa de riego con su higuera y emparrado de uvas. Aún recuerdo aquellos olores y sabores. Recién salíamos de la crisis y las inundaciones de 1982, con una casa endeudada, sin recursos, sin más ingresos que los derivados de recoger del suelo una a una, y lomo al sol, las pequeñas naranjas que el árbol suelta tras la floración y que al parecer se usan en perfumería y otros menesteres ignotos. Fueron mis compañeros de clase en el Instituto Xavier Luna y Josep V. Calatayud quienes no sólo me descubrieron a Márquez, me prestaron sus libros, y también a Umberto Eco, y a tantos otros.  Desde aquí en la distancia de más treinta años mi infinito agradecimiento.

Cada lectura, era un descubrimiento. Márquez fue pasión, delirio casi manía. Repaso en mi estantería tantas ediciones de bolsillo compradas con ahorrillos, y las primeras buenas encuadernaciones ganadas como se debe, como hacen los hombres en sus novelas, trabajando de sol a sol con sudor y determinación.

 Hoy que mi escritor ha muerto para vivir siempre, se entremezclan en mi cabeza sin orden ni concierto decenas de imágenes reales o leídas. Anoche en cuanto escuché la noticia vino a mi memoria la frase del inolvidable librero catalán cuando dice que «el mundo habrá acabado de joderse el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga». Cada vez que pierdo algo recuerdo que Úrsula, la matriarca de Cien años de soledad, ya ciega, localizaba las cosas simplemente recordando que cosa distinta había hecho ese día el que las perdió. Imagino aquél ángel caído de sus cuentos, viene a mi memoria la pasional Amaranta Úrsula, la niña santa, o la fidelidad inquebrantable de los mil amores de Florentino Ariza siempre a la sombra de Fermina Daza.

De algún modo, Macondo no es sólo Arataca, sino ese modo universal  de ser surrealista e increíble de los latinos. Cuando miras a tu alrededor descubres que la compañía bananera no estuvo sólo en Macondo, que nuestra España tal vez sea o vaya a ser un inmenso territorio de hojarasca y que sólo la delirante imaginación de nuestros pueblos sea capaz de salvarnos. Y puede que haya llegado el momento de gritar con todas nuestras fuerzas un solemne “¡Mierda!”

Con el tiempo Cien Años y Amor en los tiempos del cólera han sido mis novelas leídas una y otra vez, con la misma obsesión con la que un niño revisita día tras día el mismo film de animación. Son la forma perfecta de decir te quiero con un regalo. En Cartagena de Indias, tras adquirir la enésima edición de Cien Años de Soledad me sentí irremisiblemente atraído por un collar con pescaditos de oro. ¡Maldito coronel!  

Cuando viajo, mi primera misión consiste en buscar una librería y preguntar, excuse me, “perhaps will you have One Hundred Years of García Marquez?” Y mientras el librero, me mira con cara de estar frente a un loco turista comprando un libro que no será capaz de leer jamás, yo busco con avidez las dos primeras frases del libro donde en una jerga  incomprensible aparecerán en la segunda línea dos palabras inolvidables «Aureliano Buendía».