¡¡¡¡Uy que niño taaaaaaaaan monooooooo!!!!!

¡¡¡¡Uy que niño taaaaaaaaan monooooooo!!!!! Berreó aquella provecta matrona con su punzante grito de soprano mientras yo enrojecía a partes iguales de vergüenza y rabia. Por muy orgullosa que mi abuela estuviera de aquel bebé rollizo con su cosita al aire, resulta que ya era un señor con barba de tres días que asistía a la escena pensando en hachas, puñales y otros utensilios adecuados a los menesteres que el momento exigía. Quien podría decirme que en unos cuantos años después podría dar clase a un chaval al que le diría algo del tipo ¡hombre Ramón, si a ti te conozco yo desde la ecografía!

Las redes sociales en muchos sentidos se están convirtiendo en una moderna, y cool, salita de estar con su camilla y su brasero, en un patio de vecinos o en una corrala. De la mano de nuestro desconocimiento del medio, de nuestra inconsciencia, de nuestro afán de protagonismo o de todos ellos a la vez contamos, y nos contamos todo, todo el tiempo. ¿Pero qué sucede cuando en esa autobiografía de la extimidad incluimos a nuestros niños y niñas?

¿En qué piensan esos centros escolares, tan orgullosos de la modernidad de un YouTube que comparten con todos nosotros a sus balbuceantes jóvenes hablando un inglés de verdulero afgano en Liverpool? ¿Tan importante es compartir urbi et orbe el Belén de los niños, la fiesta de fin de curso o el ensayo en el gimnasio? Y Vd. lector, si es padre y publicó ya la ecografía, el cambio de pañales con su caquita y todo, o esa carita de tarta de chocolate hasta en las pestañas, ¿se ha preguntado dónde lo ha publicado?, ¿quién lo ve?, ¿o si su perfil es abierto o cerrado?

Probablemente en pocos años este artículo se leerá como la obra de un conservador carpetovetónico. Sería mi mayor deseo ya que significaría que la sociedad ha digerido esta permanente sobreexposición y no le concede importancia. Pero si mi deseo no se cumple creo que deberíamos tener en cuenta algunos “leves detalles”.

El primero, y no menor, es que todos construimos una identidad digital con cada una de las huellas que dejamos en internet. Así que cuando se comparte información sobre nuestros hijos e hijas estamos alimentando esa identidad. Por otra parte, no está de más que recuerde que cuando Vd. cuelga su foto ya no la controla. ¿Se acuerda de esa amistad que le critica a su espalda? Pues está compartiendo con ella su bien más preciado. Se lo podrá descargar, lo podrá compartir, lo podrá reenviar… Vd. ha perdido el control, las imágenes de su progenie circulan por internet a la velocidad de la luz.

Por último, como padre o madre, asume ciertas responsabilidades debe tener en cuenta que el ejercicio de la patria potestad no le autoriza a disponer de la identidad, la intimidad o la propia imagen de su hijo y a sacrificarla en el altar del buen rollo en su red social. Precisamente debería significar lo contrario. Le convierte en el custodio de esos bienes e incluso erige una barrera que Vd. no debería traspasar.

Antes de darle a aceptar y subir esa foto piense en que tal vez su hijo se avergüence dentro de unos años exactamente igual que Vd. el día que la abuela enseñaba sus fotos a cuatro amigas, solo que con una exposición multiplicada por un 10 seguido de muchos, muchos ceros.