La construcción de una ética asociativa.

Asistimos a días de gran confusión. En poco menos de un decenio se ha derrumbado una imagen de rigor corporativo asociada al compromiso con el buen gobierno, la responsabilidad social corporativa y la ética individual de los cuerpos directivos.  No podemos saber hasta qué punto esto pueda tener que ver con el país y sus modos de hacer las cosas o sea consustancial al ser humano. Deberíamos pensar que no es un mal patrio, si recordamos el escándalo Enron y en cómo ha sido necesario implementar sistemas de denuncia interna, o si tenemos en cuenta la sucia negociación de activos financieros basura que nos han llevado donde estamos.

Obviamente existe un elemento común cuyo origen son sujetos concretos con poderes directivos cuyas corruptelas responden a cuestiones que van desde la ocultación de fracasos y bancarrotas al enriquecimiento fraudulento. Sin embargo, sí existe un modo de hacer las cosas que probablemente posee perfiles nacionales. Me refiero a un determinado uso de estrategias de control asociativo o fundacional dirigidas a revertir en la imagen, y generalmente, en la riqueza del propio sujeto lo que aparentemente es un territorio neutral e incluso socialmente valioso.

Por alguna razón nada difícil de entender existe una Ley Orgánica reguladora del derecho de asociación, leyes nacionales y autonómicas sobre fundaciones. Y por la misma obvia razón la ley no confunde este escenario no lucrativo con el régimen que rige las sociedades mercantiles y la libertad de empresa.

Día tras día, escándalo tras escándalo, asistimos a ejemplos de sujetos que se encaramaron a organizaciones asociativas y a colegios profesionales en beneficio propio. Lo natural en estos casos, establecer cuánto aporta el individuo a la organización, se invierte o más bien se pervierte, convirtiéndose en establecer de qué modo se enriquecerá o prosperará a partir de su adscripción asociativa. Y esto, no alcanza sólo al máximo nivel, también a escalones intermedios, comisionados, a cualquier dirigente ejecutivo.

El modelo que se acaba de describir, el más primario de ellos, consiste en algo tan sencillo como el de adquirir prestigio por osmosis. La mera ostentación de un cargo permite de algún modo trasladar al público una idea de profesionalidad, de prestigio, de capacidad, que desgraciadamente en muchas ocasiones es pura fachada. Esta es una primera manifestación de algo que sí podría estar en nuestra genética cultural. Se trata de juzgar por la apariencia, de no profundizar de no tener en cuenta lo que se hace, en lugar de lo que se dice.

Un segundo nivel en este modelo de ética de la corrupción consiste en el control o en la manipulación del entorno asociativo o fundacional en beneficio propio. La modalidad más obvia se explica por si misma. Basta con evaluar una actuación para establecer cuando se dirige a promover no ya el propio prestigio sino directamente a desviar negocio directa o indirectamente.

Existe sin embargo un modelo más interesante. Se trata de la creación de estructuras aparentemente no lucrativas apoyadas por un entramado profesional o empresarial oculto. En tales casos, la fundación o la asociación cumple con la noble tarea de estimular la demanda recomendando como respuesta a los problemas la contratación, ya sea de la empresa amiga comisionista, ya sea de la propia en los casos de mayor desvergüenza. La cuestión adquiere tintes de realismo italiano, trufado de ese modo berlanguiano nuestro de ver la vida, cuando se abusa de la percepción de la Administración Pública induciendo concursos que si bien técnicamente no están amañados, conducirán a resultados previsibles de la mano de la confianza en la neutralidad y ética de la organización no lucrativa.

Existe un tercer nivel, ni peor ni mejor que los anteriores, consistente en buscar el control político de organizaciones relevantes con la obvia finalidad de fagocitar el sector. No me refiero con ello a hacerlo desaparecer, sino a ejercer un control político directo que rinde beneficios de muy distintas maneras.

Algunas ya las hemos visto, son obvias. Otras no lo son tanto. Por ejemplo, ser un interlocutor privilegiado en un determinado sector permite acceder a información de relevancia estratégica respecto de la evolución política, jurídica y de mercado. Si esa información no revierte de modo inmediato y transparente la ventaja competitiva es obvia. Otras son más sutiles y nada criticables en apariencia, pero su objetivo es el mismo: estar en el centro de cualquier novedad como el que más sabe y como el interlocutor privilegiado.

Por otra parte, en este país nos gusta que nos “abran puertas” y no es extraño que uno llame a una de ellas para ejercer sus derechos, para criticar alpoder y salga aparentemente compungido pero tolerante con la autoridad.  Con esa autoridad, con la que se comparten desayunos y comidas, y esos telefonazos tan eficaces como beneficiosos. Además, en esta relación simbiótica quien parasita no molesta, ayuda al parasitado le proporciona las condiciones idóneas de paz social.

Este estado de cosas tiene su origen en la inteligencia adaptativa de estos depredadores tanto como en la complacencia irresponsable de cada uno de nosotros. En primer lugar, no hay que olvidar que en los entornos asociativos y corporativos rige el principio democrático. Se trata de personas que en su día fueron elegidos. ¿Y cómo los evaluamos entonces? ¿Por sus méritos? ¿Por su apariencia de éxito? ¿Por su compromiso de trabajo? Perdonen la crueldad, pero en este país nuestro basta una buena estrategia de marketing, basta con incorporar incluso de modo mediocre ciertos elementos de “management” o “bussiness plan” para que caigamos rendidos al papanatismo. Y si el buhonero pone ante nuestros ojos la tierra de Canaán ese país del que mana leche y miel, le creeremos a pies juntillas.

Pero ese monstruo también fue alimentado por autoridades irresponsables. Dispuestos a confiar en estructuras asociativas o corporativas por su rótulo, o porque un técnico amigo cuando no socio, lo recomendó. Curiosa realidad ésta de la política en la que cuando debería recibirse y atenderse a cualquiera, entendiendo por tal al más humilde de los ciudadanos, recibimos a los cualquiera de la corrupción asociativa, les invitamos a nuestras cosas, asistimos complacientes a las suyas, y les damos fotos, muchas fotos, esas fotos de pasillo que sirven al depredador para cimentar su imagen de poder y sabiduría. ¿Les suena?