Tots Sants

Crecí en una sociedad en la que la gente moría y, además, tenía el feo vicio de hacerlo en casa. De niño, ir de la mano del abuelo a los velatorios era una actividad usual. Los muertos eran gente muy sería y trajeada y todo el mundo se fijaba en lo bien que se les veía, allí dormiditos y sonrientes. ¡Por fin a ha descansado se decía!

Ir con el abuelo al “ambulatorio” era una aventura. Aquél era un sitio hiperpoblado en el que había que estar toda la hora para recoger tu número como hoy en el mostrador del pescado. Los enfermos, entonces yo juraría que no había pacientes, hablaban todo el tiempo a voz en grito. Aquella era una cháchara interminable cuyo objeto era una competición por la comorbilidad. Se trataba de exhibir tus dolores, el volumen y rareza de tu enfermedad y la ingesta de las más variopintas pastillas. Sí, pastillas ya que píldora era una palabra inasible. En el centro de salud, por si algún joven lector no entendió la referencia al ambulatorio con sus practicantes y todo, se fumaba y gritaba tanto que Pepe, el iracundo celador, tenía que reclamar silencio gritando como un poseso y golpeando la bancada del mostrador. Y lo hacía tanto, y tan bien, que un día le dio un infarto y se murió allí en directo, pese a los esfuerzos de D. Ricardo Gregori.

Ir al cementerio era algo usual. Y toda una lección de vida. El abuelo narraba una parte de la historia. Teníamos un poco de todo, desde el fascista croata asesinado al cementerio aparte de los protestantes, el de mí abuela. Los evangélicos de mi pueblo eran unos cristianos con derechos disminuidos que venían de 40 años de irse a un cielo distinto y en el que creo recordar que se cantaba y sonreía más. También aprendías que uno se muere si no hace dieta, o si bebe y conduce y mil ejemplos particularmente contundentes y útiles para tu futura vida adulta. Con suerte podías estudiar tu árbol genealógico de lápida en lápida. Pero, lo más divertido era “la competición”. Una parte de la ruta se ordenaba para verificar los que habían muerto “antes” desde la satisfacción de seguir vivos.

Mi abuelo murió en casa rabiando como un perro de un cáncer de colon, medicado con ridículos nolotiles en un sistema de salud en el que a su médico por “paliativos” no le venía nada. Ya adulto acompañe a mi centenaria abuela en su tránsito. Era una superviviente que se apagó y reinició decenas de veces durante las últimas horas. Todo en ella gritaba por la vida. Aquella era una sociedad sin tanatorios, con muy pocos centros para estabular ancianos, con pater familias que vivían generalmente en casa de sus hijas. Y allí morían, no en el sepulcro blanqueado y solitario de una habitación de hospital.

Puede que mi infancia le parezca la de un salvaje al lector contemporáneo que recién despierta o se acuesta de celebrar el Halloween mientras estas cuatro letras se juntan. Hoy celebramos una fiesta ajena a nuestra cultura sin conocer ni por asomo que valores incorpora. Decidimos legar a nuestros hijos una sociedad que esconde la muerte y el dolor. Se es joven más allá de lo que la prudencia y la dignidad aconsejan. La dignidad del anciano ha sido suprimida a golpe de anuncios de maquillaje y cirugía. Y cuando la vejez es irremediable, esta sociedad competitiva sin horarios aparta a nuestros mayores y los recluye en lo que a veces resulta ser un cruel moridero insano.

Hemos creado una sociedad de inmortales narcisistas y hedonistas incapaces de afrontar el dolor en sus vidas y carentes de empatía con el dolor de los demás. La sanidad universal y el estado social de los cuidados son necesidades irrenunciables y un logro que nos humaniza. Pero, en esta sociedad ajena al sufrimiento creímos que la responsabilidad se transfería al Estado y renunciamos a nuestra parte. Ya no nos preguntamos que podemos o debemos hacer, sólo nos preocupa preguntarnos y exigir sobre qué “hacen ellos”. Un indefinible e indefinido sujeto que concibe al ayuntamiento, la comunidad o el Estado como un tercero ajeno y lejano del que no se forma parte salvo para reclamar.

La sociedad en la que crecí venía de medio siglo de oscuridad. Era injusta y debía mejorar. Y, sin embargo, poseía un conjunto de valores que la hacían resiliente y dispuesta al esfuerzo necesario para afrontar las miserias cotidianas y mejorar, o al menos sobrevivir. No comparto en absoluto el mundo en el que crecieron mis abuelos y padres. Y, sin embargo, tengo la impresión de que en el camino perdimos algunos valores y aprendizajes que hoy en plena pandemia nos harían más fuertes.