El depredador educado

Solemos atribuir al hombre ciertas conductas que, como la guerra, no se producen en el mundo animal. Nuestra idea de la noble bestia vendría a considerar que en estado salvaje los depredadores se limitan a matar, a ejercer la violencia, exclusivamente para alimentarse y sobrevivir. Esta afirmación, seguramente cierta en lo que en esencia expresa, probablemente no tiene en cuenta de donde procedemos como especie.

Permítame el lector recordarle nuestra condición de primates evolucionados, con el atrevimiento que da la ignorancia de cuatro lecturas de Marvin Harris, Eudald Carbonell y cuanta divulgación científica cae en mis manos, En este sentido, al igual que en las comunidades de primates, permanecen en nuestro modelo social comportamientos ancestrales como el liderazgo basado en la violencia física o moral, aparente o real, la defensa del territorio, o la sumisión al líder de la manada.

Como de algún modo señala Carbonell no es la violencia lo que nos hace humanos, lo que nos hominiza es precisamente la renuncia consciente a ella. En este sentido, puede que simplemente constituyan una ampliación de la escala de nuestra animalidad original la afirmación de conceptos como la nación, la lucha por la supremacía económica a costa de la depredación del territorio, de la depauperación de otras personas, del sacrifico del más débil. Puede que estas cosas tan sólo nos conviertan en primates con tecnología. Lo que probablemente nos singulariza es que ya no necesitamos gritar y enseñar los dientes, eso es de mala educación. En esta fase evolutiva, convivimos con muy diversas clases de machos y hembras alfa, que en esencia son depredadores educados.

Los grandes hombres.

Si no recuerdo mal, Marvin Harris narrá en “Vacas, cerdos, guerras y brujas” la presencia de estructuras tribales en las cuales los grandes hombres se caracterizaban por una acumulación sistemática de alimentos y animales con los que celebrar un pantagruélico festín con la tribu como fórmula de atribución de status. El cazador-recolector que todos llevamos dentro entiende inconscientemente que necesariamente un tipo capaz de alimentarte bien con una significativa cantidad de grasas y azúcares que acumular para el invierno debe ser un líder. Nuestro depredador educado lo sabe, y por ello no se reúne contigo en su mugrienta y mediocre oficina, escoge un buen restaurante, la mejor cocina, buenas bebidas, incluso hasta no hace tanto un final feliz digno del macho alfa que es. Se rodea de bellas colaboradoras, todo en él apunta al líder de la manada.

Es muy posible que no sepamos en realidad si es un profesional competente, si sabe hacer aquello para lo que se nos ofrece o si en realidad es todo apariencia. Pero sin embargo, compramos, lo hacemos directivo, lo fichamos. No sabemos si es alguien confiable pero quien te lleva a comer a un sitio así, en ese coche y con esa colaboradora no te puede fallar.

Al liderazgo o prestigio por osmosis.

Ha sido una monomanía reciente de Punset reflexionar sobre las aportaciones de la neurociencia en relación con las neuronas espejo y a la importancia que la observación y la imitación ha tenido en nuestra evolución, de nuevo volvemos al primate.

Nuestro depredador ilustrado lo sabe y busca la ocasión de que Vd. lo identifique con personas, valores o instituciones que le transfieran una apariencia de una capacidad de la que en realidad carece.  El lector lo reconocerá porque suele estar en todas las fotos al lado del presidente de… La próxima vez que se lo encuentre en un evento público obsérvele cuando activado su instinto depredador se acerca sigiloso mano en ristre a estrechar la del alto cargo. Pero no siga Vd. a la mano, observe el gesto de extrañeza tipo -“quién narices es este sujeto”-, o hastío, -“otra vez este pesado”-, que pone el saludado.  Si este gesto aparece, acaba de identificar al prestigiado osmótico.

La variabilidad genética de este espécimen es muy amplia ya que al prestigio por ósmosis se puede llegar a través jornadas, libros y otros caminos. En esencia buscará “osmotizar” en todo colectivo humano en el que a uno se le pueda pegar algo. Si Vd. es un líder de verdad, los descubrirá por su pegajosidad y capacidad de adular, por su enorme “yoismo” (yo soy, yo hice, yo estuve, yo conozco…”). Este depredador educado, acaba por fagocitar en su beneficio todo cuanto está a su alcance. Si quiere descubrirlo limítese a analizar sus actos, no se fíe de su discurso, ponga a prueba sus capacidades.

El macho alfa-alfa.

Esta variedad utiliza estrategias educadas para preservar al máximo su territorio. Es capaz de mantener un trato extraordinariamente cordial no ajeno a una cierta condescendencia hasta que se encuentra amenazado. Es un sujeto incapaz de ejercer un liderazgo inclusivo, no admite ninguna idea salvo que haya sido aportada por él mismo, no tolera que se cuestione su criterio, él es quien manda. En sus manifestaciones sociales más evidentes el macho alfa-alfa suele tender a demostrar que los demás se equivocan e incluso cuando no sucede así buscará el más elemental defecto y apretará sobre él sus fauces con ferocidad para demostrar su liderazgo. No le importa destruir cualquier persona o cosa que se le enfrente con tal de liderar su manada. No espere que le incorpore nunca como socio, cuando Vd. esté preparado para ello le despedirá y se asegurará de desacreditarle ante la comunidad de machos alfa.

El no empático.

Finalmente, y sin agotar la infinita gama de posibilidades, conviene referirse al depredador carente de empatía. Nuestro caracterizado ha disfrutado de una buena educación y por ello es capaz de distinguir entre las consecuencias del bien y el mal. Pero su enfoque no es moralizante, simplemente es capaz de evaluar los perjuicios que le ocasionaría un determinado comportamiento y lo evitará. La carencia de empatía, le permite centrarse en sus objetivos que pueden alcanzarse por cualquier medio posible.  No le pida que se ponga en su lugar, que comparta su punto de vista, que sienta su esfuerzo o su dolor: ni sabe, ni puede, ni quiere hacerlo. Le apuñalará con una sonrisa y esperará a que Vd. emocionadamente se lo agradezca. No es un primate, no es un homínido. Si lo encuentra… huya.

Usted amigo o amiga lectora, y yo, y todos y cuantos nos rodean podemos ser y de hecho somos en todo o en parte alguno de estos depredadores. Nuestra sociedad funciona con estos comportamientos y quiero pensar que no gracias a ellos.

Si lo que nos humaniza es ser capaces de analizar racionalmente nuestra realidad, de buscar metodologías inclusivas que preserven nuestra especie, nuestra sociedad y nuestro hábitat tal vez deberíamos comenzar a excluir al depredador educado que todos llevamos dentro. Sería un nuevo comienzo.