La extraña virtud de ser discretos.

Queridas y queridos lectores, Off-Topic de este abandonado blog es un espacio cuya única función probablemente sea actuar como lenitivo del alma y las emociones. Con el tiempo aprendes hasta qué punto escribir es un modo de enfrentarte a toda clase s de demonios propios y ajenos. Y en los últimos años, la experiencia esa forma de acumular vivencias que modulan el modo de ver nuestra vida, ha dado lecciones muy significativas. Y, sobre todo, permite aprender como lo que se espera, de algún modo lo que vende, y lo que realmente importa son cosas muy distintas.

Verán, lo que vende en nuestro país al parecer no lo regalan en provincias. Varios siglos de monarquía no pueden sino insuflar en nuestra cultura los hábitos de la Corte. En ella debes escoger bien tu rol, debe ser bufón o conspirador, hacedor de destinos o buscador de prebendas. Debes escoger bien tus amistades. Y si son públicas debes optar sólo por aquellas de las que tomar su luz como un vampiro, no importa tu propia mediocridad si puedes tomar prestada la grandeza de los otros. No se espera de ti un revolucionario, pero si resulta de interés que seas capaz de escoger ciertas batallas. Deben ser conflictos que te transmitan imagen de luchador, pero que no hagan demasiado daño a nadie. La lucha por los valores acaba donde empieza la cuenta corriente.

En el fondo, la apariencia lo es todo. Y todos lo sabemos. Hay que aparentar ser sabio, aunque todos sepamos que la producción de contenidos es tal que no nos alcanza la vida. Hay que aparentar bonhomía, aunque se tengan dientes de tiburón. Hay que aparentar generosidad, hay que repartir migajas como entregando monedas de oro. Hay que construir el personaje y dejar de lado a la persona.

Y en ese trampantojo vivimos en nuestro mundo de estrellonas profesionales en la cresta de la ola. La apariencia, se premia, la radicalidad fingida más. ¿Pero qué es lo que importa? ¿Qué es lo realmente crucial para nuestro ejercicio profesional? Pues con el tiempo se aprende que la discreción, la prudencia, la templanza. El arte de escuchar y ponerse en la piel de la empresa, la administración pública o el investigador. Entender que lo importante no eres tú sino el otro. Que la mejor garantía de los derechos en un mundo que se enfrenta a una crisis de crecimiento tecnológico y cambio de paradigma es la capacidad de proyectar un análisis alineado con el pensamiento racional y científico e inspirado por valores humanos.

En mi mundo, el de la investigación, asisto cada día a la angustia de lo imposible. Basta con que yo cruce la puerta para poner a la defensiva a los más brillantes investigadores. En eso parecemos habernos convertido, en el heraldo de las malas noticias. Cada histrión vociferante que se sube al caballo de lo apocalíptico, a esa nueva censura de la defensa de los derechos fundamentales a golpe de telediario o magazine de mañanas en televisión, opera como un factor de disuasión que limita la ciencia.

Pero no sólo a ellos debemos tanto, ni tan malo. Cada vez que algunos se acercan a la complejidad con sus chácharas de expertos que aplican recetas predefinidas e inservibles nos ponen en riesgo. Y lo mismo hacen los expertos en lanzar balones fuera. Los amigos del discurso huero que insulta la inteligencia replicando el contenido de una norma que no entienden y sobre la que pontifican. Y también cada informe, resolución, guideline o norma redactada desde un enfoque monista rayano en el autismo.

Y saben, lo que aprendes es la necesidad de observar. Lo importante que es mantener una discreta, circunspecta y permanente actitud de escucha. Lo urgente de entender qué se persigue y cómo conciliarlo con un Ordenamiento, limitado y a la vez cambiante. Y eso exige una enorme discreción, una buena dosis de templanza, y aprender cuál es tu lugar. Y es curioso cómo, justo cuando la norma dice que tu lugar es instrumental, justo cuando elimina toda responsabilidad, justo entonces, asistimos al nacimiento de las estrellonas que siempre saben todo, que siempre saben cómo hacer las cosas.

Si querida y querido lector, sé muy bien de qué hablo. No en vano fui una de esas estrellonas. Y honestamente, desandar el camino es duro. Supone aprender a no opinar todo el tiempo, sobre todo. Exige entender que lo único que podemos hacer es mostrar nuestro trabajo y resultados, ni más ni menos. Obliga a ser conscientes de que la complejidad exige una aproximación dialógica, participativa, abierta e interdisciplinar. A que lo importante no es ser el primero o tener razón, sino construir con otros. Los de mi gremio deberíamos aprender esto de los científicos, de personas que pueden dedicar una vida entera a una minúscula parte de una célula o de una partícula infinitesimal, pero sabiendo que la suma de su esfuerzo al de otros muchos cambiará el mundo.

Pero como ya dije, esto no es lo que se lleva. De hecho, le hago una apuesta. Voy a ser discreto, publicaré el post, no se lo diré a nadie y morirá en el olvido. Al menos, tendré el consuelo de no tener miles de “vistas en Linkedin”, de generosas recomendaciones de personas que no leen, de personas que sólo ven al personaje.