Transparencia ¿para qué?

Hoy, de la mano de la Ley 2/2015, de 2 de abril, de Transparencia, Buen Gobierno y Participación Ciudadana de la Comunitat Valenciana, multitud de administraciones estrenan su portal de transparencia dando cumplimiento al principio de publicidad activa. A buen seguro han sido días frenéticos de elaborar la información, definir los formatos, estructurar el Portal y remover internamente cielo y tierra. Pero, hay que hacerse una única pregunta, la básica, la fundamental, la más sencilla, ¿para qué la transparencia?

Para ser mejores.

La transparencia, como en su día la protección de datos y después la administración electrónica, obliga primero que nada a proyectar una mirada introspectiva sobre la propia organización. El artículo 9 de la Ley Valenciana constituye sin duda una bitácora muy útil y la simple labor de ir marcando cruces con lo que “tengo” obliga a reflexionar sobre “cómo lo tengo”, y sobre “cómo lo hago”. Con toda seguridad hay modelos legislativos y de actuación bastante más intensos, detallados, y sobre todo transparentes, que el español. Pero lograr el mínimo objetivo posible comporta per se el máximo de los retos. Créanme, quienes hayan abordado el proceso de cumplir con la transparencia sin pensar ni por un segundo en realizar de inmediato y/o en el medio plazo un profundo análisis sobre su modo de gestionar la cosa pública, estarán cometiendo un gran error.

Para rendir cuentas.

Algún redactor trasnochado de exposiciones de motivos sigue encandilado con el pionero artículo 105.b) de nuestra Constitución. El precepto, como tantas cosas en lo que parece una desgraciada tradición constitucional, no sólo no se aplicó sino que su ubicación sistemática es sencillamente deleznable. Si se hubiera querido una Administración abierta al derecho de acceso, esta materia debería haberse regulado en un territorio que va de los artículos 20 al 23. Y es obvio, habida cuenta de las dificultades padecidas en la aplicación de los artículos 35 y 37 de la Ley 30/1992, que no había más intención fáctica que una declaración de intenciones.

Sin embargo, la rendición de cuentas es un pilar fundamental de la democracia y su instrumento más primario la transparencia activa. Los gestores públicos no somos propietarios de nada, antes que trabajadores, antes que funcionarios somos, o deberíamos ser, servidores de lo público. No se equivoque el lector, la transparencia no incumbe sólo al político debe permear toda la organización administrativa en todas las categorías, en todos los ámbitos. Nuestra tarea debe estar sujeta al escrutinio público, de otro modo la responsabilidad se diluye, y la más pequeña de las corruptelas se expande como las ondas de un maremoto destruyendo todo a su paso cuando alcanza la costa.

Para promover una ciudadanía activa.

Hace unos días se debatía sobre esta materia y parecía concebirse la ciudadanía como un ente independiente y abstracto dotado de voluntad propia. Dicho de otro modo, la Administración debe ser transparente, si después los ciudadanos no se mueven, no consultan la web, es su problema. El más elemental estudio respecto de las condiciones de garantía y eficacia de los derechos fundamentales demuestra que su efectividad es nula si no existe una actividad mínimamente promocional. No basta con editar un portal, es crucial promover una nueva cultura participativa de control ciudadano.

Hace unos meses alguien, que acababa de superar una enfermedad grave me decía que había encontrado el sentido a pagar impuestos. Vivimos una cultura en la que existe una particular percepción del Estado. Una campaña electoral tras otra muchos nos hicieron creer que era malo pagar impuestos y que la administración era ineficiente, disfuncional, casi perversa. Nadie calcula su renta real incorporando a la misma el coste de la carretera que usa cada día, el médico, la escuela, el barrendero… Esta incapacidad para incorporar el valor de lo público a la estructura cotidiana de nuestra estructura de costes provoca una ajenidad, una de cuyas consecuencias es una carencia absoluta de interés sobre cómo se gestiona. Y este desinterés es una puerta abierta a la corrupción.

No basta pues ser transparente. Se trata de una relación bilateral que debe servir para algo más que ofrecer un mapa del gasto y de la acción de la Administración. Se trata de poner en valor la acción pública, y de que quienes habitan nuestro territorio sean capaces de valorar ese esfuerzo, de que se establezca una interacción productiva. Nada malo puede derivar de ello. Una ciudadanía activa y comprometida con la transparencia generará una sociedad más responsable y democrática. Tal vez en un no muy lejano día nuestros jóvenes sean capaces de evaluar el coste de la suciedad que provocan con un botellón y en qué podría emplearse ese dinero. Es posible que entiendan que su juerga equivale a dos becas para estudiar en la universidad. Esperemos que la promoción de los valores de la transparencia no sólo derive una gestión pública más limpia y eficiente, sino también un ciudadano consciente, responsable y comprometido.

Para una democracia participativa.

La transparencia no puede quedar en mera información. El valor sustancial que aporta el derecho a la información como instrumento para la conformación de una opinión pública libre no puede agotarse en el modelo de democracia representativa vigente. Que sepamos que se gasta bien o mal, que se administra mejor o peor en 2015 sirve de poco en un modelo en el que la rendición material de cuentas no se producirá hasta 2019. La información disponible debe ponerse al servicio de modelos de democracia que sirvan también para modular la gestión de la cosa pública. No se confunda el lector, una democracia de encuesta no sólo no es viable, probablemente no sería democrática. Debemos ser capaces de que el hecho de disponer de información sea un instrumento que permita ir más allá e integrar al ciudadano de modo regular en la definición de intereses colectivos relevantes y en los procesos decisorios.

La transparencia es mucho más que un portal bien diseñado, es una tarea constante al servicio de un determinado modo de ver lo público. Es una nueva oportunidad para nuestra sociedad. No la dejemos pasar.