La intimidad de las fiestas populares

Ricard Martínez Martínez.

Para subrayar tanto la importancia de tener una propiedad como su derecho al aislamiento los anglosajones suelen utilizar la expresión “my home is my castle”. En efecto en nuestra casa deberíamos podemos ejercer un poder cuasi feudal excluyendo cualquier intromisión no deseada. Sin embargo, la cuestión no es tan sencilla. Nuestra realidad social y tecnológica multiplica las posibilidades en las que nuestro domicilio resulta sutilmente invadido por un ejército incorpóreo de enemigos ambientales, sonoros o electrónicos. En su casa viven no sólo Vd. y su familia sino también vecinos, coches, humos o hackers entre otras especies invasoras.

A finales del siglo pasado el Tribunal Europeo de Derechos Humanos parecía haber acotado el fenómeno declarando de modo expreso en el caso López Ostra que el derecho a la vida privada tutelaba frente a las invasiones ambientales en el domicilio particular. Al socaire de este pronunciamiento los tribunales españoles comenzaron a proteger al ciudadano no sólo de olores, emisiones o contaminación aérea, sino también en todo aquello relacionado con el ruido y el regulador entendió que era necesario perseguir este tipo de conductas. Todos recordamos las recurrentes quejas, demandas y sentencias, de asociaciones de vecinos en determinados barrios.

Sin embargo, y puesto que nuestras leyes dicen que la intimidad se define también por los usos sociales casi todos  habrán podido disfrutar este verano de las fiestas del pueblo a eso de la una de la madrugada y hasta el desayuno. Es emocionante, permítanme la inconveniente digresión, ver como a esos ilustres munícipes a los que no les alcanza el presupuesto para limpiar montes, a veces ni para limpiar a la puerta del ayuntamiento, rascando de aquí y allá a la orquesta y la discomóvil llegan. Y no es la única inconveniencia, y puedo apostarme un café ya  que a los profesores universitarios (panda de vagos y maleantes) nos han quitado una paga, a que difícilmente la venta y consumo de bebidas en los alrededores de la fiesta supera un leve control de legalidad.

Al parecer, la intimidad doméstica también cierra por vacaciones y se prohíbe el descanso. No caben soluciones imaginativas como buscar espacios acotados, -y por favor un poquito alejados del casco urbano-,  apantallar la zona (¡uy disculpen no recordaba que el presupuesto lo gastamos en la propia fiesta!). o simplemente empezar antes y acabar a eso de las dos. Y créanme que pensar esto último me ha dejado absolutamente agotado.

Es extraordinariamente fácil ser tolerante con la fiesta, -¡es que son jóvenes!- o afirmar que trae visitantes y turistas, como la Fórmula Uno- Sin embargo, rara vez leemos cuales son los costes en términos de los perjuicios que un medioambiente insano y lleno de ruido puede ocasionar. ¿Cuántos ancianos y enfermos verán agravado su estado y acortada su vida simplemente por que no pueden descansar durante cinco noches?   ¿Es racionalmente posible pensar que alguna persona debido a la falta de sueño sufra un accidente de tráfico o trabajo el día siguiente? ¿Es probable que un médico, una enfermera o cualquier otro profesional con alta responsabilidad cometa un grave error debido al estado de fatiga que le provocan esas fiestas? ¿Cuánto dinero nos cuesta el exilio forzado al que ello nos somete? ¿Cuántos menores ven perjudicada a corto o medio plazo su salud por la absoluta carencia de control? ¿Cuánto cuesta limpiar toda la porquería que la fiesta deja en la vía pública?

Pero el peor coste social es el que deriva de la carencia de respeto por los demás, por seguir contribuyendo al mantenimiento de una sociedad adolescente carente del menor respeto a los derechos. Es simplemente irracional que las reglas se olviden y se cambien por las de la comisión de fiestas que toque. Sale caro que alemanes e ingleses nos conciban como tierra de juerga, borrachera, sexo y vagancia y televisen deleznables programas de telerrealidad  en Benidorm o Salou. Y tan grave o más, que mantener una opinión crítica, con pleno respeto a las fiestas y a la necesidad de su celebración “razonable” sólo genere animadversión de esa mayoría “tolerante”. Menos mal que cuando esto se publique no estaremos en Fallas.

Coda. Y si llego tarde, y por seguridad no me dejan entrar me lío a botellazos con quien pase por allí.