Chunda, chunda.

Chunda, chunda, chunda es una onomatopeya que evoca inmediatamente a una etílica multitud verbenera tomada del brazo mientras suena por quinta vez Paquito el Chocolatero. Pero también, y esto es mucho peor, uno de esos bodrios musicales que explotan nuestra innata tendencia fetal a seguir el ritmo cardíaco, aderezada con el suficiente nivel de alcohol o pastillas como para que el martilleo de las sienes resulte una experiencia emocionante. Chunda, chunda es también la metáfora de un país fracasado y sin futuro, capaz de abordar una situación de grave crisis social con un hedonismo absurdo de placeres mediocres.

Pero antes de entrar en harina viene a mi memoria una anécdota francesa que con el tiempo adquiere sighnificado. Hace unos años y de la mano de un buen amigo, y cuando el GPS no era otra cosa que el sueño de algún inventor loco, decidimos que eran una buena elección las carreteras entre España y Francia pintadas de amarillo en la Guía Michelin. El resultado práctico no fue otro que perderse en caminos imposibles que subían puertos mareantes festoneados con los nombres más conocidos del pelotón ciclista internacional. Finalmente alcanzamos la civilización exactamente a las 21 h de un día de agosto. En aquél pequeño pueblo cuyo nombre no retengo, se nos sirvió cena a esa hora porque ya se sabe… españoles. A las 21.30 sin falta la orquesta paró, se lanzaron fuegos artificiales y cada uno a su casa. Aquello me pareció exagerado y ridículo, y aún hoy me lo parece, pero ya no tanto.

Mi despiste en el calendario me pone una vez más en ese pueblo que motivó un artículo anterior sobre la intimidad de las fiestas populares, y que lejos de mejorar degenera a marchas forzadas. Y seguramente, el no haber podido conciliar un sueño atronadoramente roto por un chunda salido de madre, entre las 2.00 AM y las 6.30 AM, algo puede tener que ver con el tono cabreado de lo que sigue. Entiéndame el lector, cuando un ser humano más o menos normal intenta dormir en medio del monte a dos Km del epicentro del chunda, y escucha esas bellas melodías como si estuvieran con él en la cama, ¿cuál será el nivel de decibelios en el ojo del huracán?

Y esto me hace pensar en qué somos un país sin futuro. Verán en muchos pueblos valencianos estas fiestas las organizan jóvenes de 17 años para celebrar su llegada a la mayoría de edad. No cabe duda que, al menos hasta los años sesenta del pasado siglo y en un océano de pobreza, ser capaz de organizar unos festejos razonablemente adecuados, encontrar financiación, y satisfacer las expectativas de los conciudadanos, fuese un modo altamente eficiente de insertar un adolescente en la edad adulta. ¿Pero qué significado tiene hoy esto?

En primer lugar, y hasta hace nada el modelo era “mi papá lo paga todo”. E incluso en el caso de que así no fuere, de que loterías, cuotas, rifas y donaciones fueran suficientes, lo cierto es que se daban en un contexto de lujuria del gasto. Era aquella esa Valencia exuberante y exagerada del a mí pone el doble que a ese señor de antes. Y si no, ahí está el ayuntamiento que puede que no renueve el alumbrado, pero para las fiestas ¡que no falte de nada! Por tanto, resulta más que dudoso que organizar la verbena local incorpore el bagaje experiencial y de responsabilidad que antropológicamente parecía estar en su origen.

Por otra parte, en esa vida real que tanto nos empeñamos en evadir en este bendito país, cuando organizas cualquier actividad aprendes que en realidad lo que abordas es una “actividad regulada”. Pero en el caso de las fiestas chunderas de la valencianía hortera este principio no se aplica. A la benevolente voz de “¡déjales que son jóvenes!”, la fiesta local se convierte en un constante todo vale.

Así por ejemplo, vale que la fiesta extienda su duración más allá de las per se alucinantemente razonables 2 o 3 AM, de honda raigambre hispánica reciente, hasta las 6.30 AM. Vale también, que se venda con cargo a la fiesta y para su financiación un río de alcohol a menores de edad, cuyas cogorzas son vistas por los padres como algo natural. Vale que la ausencia de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad sea la regla, entre otras cosas porque pretender cerrar la juerga causaría las algaradas y tumultos que una tasa de paro del 26%, niños pasando hambre y un recorte brutal de derechos y libertades no consigue. Vale en esencia, que aquello que debería servir para integrar a los adolescentes en las responsabilidades de la edad adulta se convierta en una multitudinaria despedida de soltero, en un resacón hortera de alpargata financiado con fondos públicos. Vale jugar a ser una masiva piara de puercos, que ya mañana otro limpiará. De hecho los cerdos cuando se revuelcan en el cieno buscando humedad e incluso limpieza, expresan una dignidad de la que esa masa empastillada y vociferante carece.

Desgraciadamente lo que esto muestra es un país sin futuro en el que el hedonismo de garrafón promete una absoluta carencia de disciplina y responsabilidad. Piénselo Vd. con frialdad, y haga el esfuerzo de ver esta realidad como si estuviese en la piel de un foráneo. Seguramente se sorprendería de estar en un país en el que jóvenes sin experiencia, y sobre todo sin más control que un absurdo y laxo paternalismo, toman decisiones de gasto con un cierto impacto económico con la red del presupuesto municipal. No le resultaría menos chocante otro fenómeno. Es sabido, que en lo festivo hay una componente de evasión de las reglas de conducta social cotidianas desde las Saturnales. Y eso en Europa se llama Carnaval, y ocurre en otra fecha. Pero incluso en tal caso, Vd. se sorprendería de que en los carnavales estuviera permitido y socialmente bien visto vulnerar la Ley, incluso a riesgo de un grave perjuicio para menores de edad.

Acto seguido, si Vd. es alemán o inglés, querría pasar su semanita en ese Edén, en el que a precio de saldo le permiten cometer gratis todos esos excesos que en su país de origen darían con sus huesos en el calabozo. Y una vez disfrutada su semana de locura, seguramente le quedaría un resabio nostálgico de todo aquello que por imposible en su país vivió en el nuestro, al que se superpondría de modo inmediato un profundo desprecio por esa raza indolente que sólo merece ser la camarera de Europa, en su absoluta carencia de disciplina y responsabilidad social.

Cuando se deja en manos de una banda de irresponsables inmaduros la organización del ocio, sin asistencia, y sin guía, se cumple el refrán de que quien con niños se acuesta mojado se levanta. Pero sobre todo, y como sustrato de todo ello, lo que se acaba de describir expresa una cuestión axiológica fundamental. Nuestra sociedad aprende a través de realidades tan banales como las fiestas de verano, que romper las reglas no comporta consecuencia alguna. Incluso esa ruptura total y absoluta de la normatividad es socialmente bien vista, y quien la critica un sieso, un aburrido. Y ello, deja un poso inconsciente de tolerancia con el infractor, de admiración por el más borracho, por el más bailongo y, permitan la brutalidad, por el que se folla a más beodas. Y así, cuando esa juerga permanente en la que tanto parece gustarnos vivir se llama pelotazo y corrupción, lejos de causar rechazo, lejos de convertir a sus protagonistas en apestados, los erige en sujetos admirados. Ya lo dijo Berlusconi, en realidad lo que sucede es que todos quieren ser como yo.

Las expectativas de regeneración democrática que apuntan movimientos y mareas no sólo pasa por la regeneración de la clase política. Debe comenzar antes que nada por una ética individual de la responsabilidad. Pasa ineludiblemente por volver encontrar la virtud del término medio, y por asumir nuestra responsabilidad. Exige abandonar nuestra cultura católica, que no necesariamente cristiana, de hacer lo que nos da la gana ya que arrepentimiento y confesión lo curan todo. Obliga a ser un poco más calvinistas y luteranos y asumir que nuestra conducta genera responsabilidad, que el trabajo, que cumplir las reglas, ennoblece. Convierte en indispensable sustituir el hedonismo individual por el compromiso colectivo.

Sencillamente sufrido lector, si permitimos que unos descerebrados no nos dejen dormir, si encontramos normal una plaza pública llena de basura, vomitonas y meados. Si yendo más allá nos parece bien que los perros caguen donde quieran, no saldremos de la mierda, porque estamos metidos en ella y parece que nos gusta.