Vivir en un permanente arresto domiciliario al servicio de la comunidad

La vida privada en su concepción más antigua suponía el derecho a ser dejado en paz, a disfrutar de tu casa como de un castillo. El espacio urbano, se concibió como lugar de encuentro del demos. En el ágora conversamos y también celebramos. Esa ciudad, por definición civilizada, expresa un espacio de convivencia creativa y respetuosa. Hoy ,sin embargo, somos expulsados del espacio público, gentrificados y quienes podemos escapar a un segundo sitio en el campo de repente nos topamos con aquello que abandonamos: bebida, ruido, insolidaridad. Un narcisismo hedonista y egoista.
¿Debería cambiar mi modo de ver las cosas? ¿Debería Vivir en un permanente arresto domiciliario al servicio de la comunidad? Este post es fruto de experiencias anteriores ( La intimidad de las fiestas populares-2012 y Chunda, chunda 2014) y del proceso de gentrificación que empezó en el casco antiguo de Valencia y comienza a extenderse al norte de las Torres de Serrano)

Las personas que vivimos en ciudades de interés turístico o en polos de atracción del ocio nocturno, o en segundas residencias, tenemos el deber patriótico de enclaustrarnos y vivir en situación de arresto domiciliario parcial. Hay que entender que nuestra sociedad exige ciertas conductas, más que razonables, que contribuirán a tirar de la economía nacional.

La primera, y principal: debemos reformar nuestra vivienda. Es indispensable proveerse de la adecuada insonorización. No hay nada que unas ventanas con cuádruple cristal y gas aislante no puedan conseguir. Por otra parte, y si fuera necesario, ya que a veces nos llega esta suerte de “bum-bum” indefinido del disco-bar de los bajos, no dudemos en aislar el conjunto de la vivienda. Salimos ganado. Aprovechemos la oportunidad, pongamos una lámina acústica en el planché y suelo flotante con su calefacción radiante y aislemos el techo. Podemos redecorar la vivienda al mismo tiempo que rehacemos todos los tabiques. Al final, cinco centímetros menos de espacio ocupados por una nueva pared con su lana de roca no son nada y generan espacio para colgar cuadros. Además, contribuimos a la mejora de la calidad térmica y ambiental. Esto sí, una vez remozada nuestra vivienda no se nos ocurra pretender dormir a la antigua con la ventana abierta en verano o airear la casa más allá de cinco minutos. Y si nos da por abrirla, ni se nos ocurra perturbar la paz del turista o del futbolero gritón en su terraza de referencia. Por favor, no seamos insolidarios.

En segundo lugar, modulemos nuestros usos de la ciudad. Es fundamental para nuestro futuro facilitar el flujo de esos miles de visitantes que persiguen la banderita o el paraguas rojo. Y, ¡por Dios! miré por donde circula, que va a provocar un accidente con las bicicletas y los patinetes eléctricos. Tienen preferencia de paso. Conforme al Código social de la Circulación estos vehículos ecológicamente responsables nunca ceden el paso, no paran en un paso de cebra ni se detienen ante una señal de stop.  Y lo mismo sucede con esas terrazas que crecen hasta el infinito ocupando toda la acera. Seamos razonables, cambiemos de calle y no molestemos a las personas que mantienen realmente esta sociedad. Y también comprensivos. Si la gente ha bebido media docena de cervezas es normal que sienta el irrefrenable deseo de orinar. ¿Y que hay más natural que hacerlo en público? ¿Qué hay más cercano a esa humanidad original del buen salvaje que alguien haciendo sus necesidades en la vía pública? Al fin y al cabo, los romanos, que tan civilizadamente disponían de aseos públicos, cagaban en grupo mientras leían el Marca. De hecho, estamos desaprovechando la urea, cosa que ni en la República ni en el Imperio se hubiera entendido. Y lo mismo sucede con otras pequeñas minucias. Esos botes de cerveza tirados aquí y allá, incluso a los pies del contenedor de reciclaje. Haga Vd. el favor sea cívico, dé las gracias a estas personas que consumen, y sea ecológico: se agacha y los tira en el contenedor que corresponda. Y esa enternecedora mierda de perro… ¡písela que da buena suerte!

Cuando lleguen las fiestas patronales, si es Vd. sensible al ruido, o si padece una enfermedad váyase de vacaciones a un alojamiento rural o use el programa de termalismo de su comunidad autónoma. Las fiestas son una tradición y hay que respetarlas. Pero cruce Vd. los dedos y ofrende a los dioses no vaya a irse de Málaga para acabar en Malagón.

Aún, así haga algo si quiere estar bien, es su responsabilidad. No se queje después si muere porque la ambulancia del SAMU no llega a tiempo, Vd. debería haber planificado ese riesgo. Asuma, que lo normal y lo deseable es poner discomóviles hasta las cinco de la madrugada y seguir cantando y gritando hasta que abran el primer bar. Así que, si conduce un camión o maquinaria pesada, es médico o enfermera, o realiza cualquier actividad peligrosa y no siguió nuestro consejo de insonorizar la casa o construir una cámara anecoica, tome un Orfidal, un Noctamid o los que le hagan falta, sea solidario o solidaria y no altere esa tradición festiva que empezó al menos hace dos décadas.

Y nos queda un último capítulo particularmente sensible. Por favor, apoye a nuestros estudiantes universitarios, muy particularmente si se trata de erasmus, ya que suelen ser un poquitín más ruidosos que los nacionales. Tenga en cuenta que ellos llegaron a su ciudad atraídos por una oferta imbatible: aprobar un curso entero viviendo en Magaluf.

No es responsabilidad de la institución universitaria velar por el comportamiento de los estudiantes que son personas adultas. La universidad no tiene competencia alguna en la convivencia vecinal, ni es su obligación explicarles a propios y foráneos que significa este concepto. A ver si se va Vd. a quejar y causa un conflicto de competencias. Debe entender que los estudiantes universitarios, al igual que los revolucionarios franceses, tienen su propio calendario en el que hay tres fechas señaladas: los juernes, enero y junio. El juernes, es el Día del Señor. Hay que organizar una buena cena en “el piso” hasta las 12.30 de la noche para concelebrar con quince o veinte creyentes, salir y santificar el día con su buena ración de música y alcohol y regresar a eso de las cinco de la mañana. Por favor, sean comprensivos. Es normal que se quiera comentar la sacra concelebración a voz en grito en el patio común, que escuchemos una ducha, -ya que la higiene es importante-, y su buena ración de persianazos. Y por favor, los viernes no pase la aspiradora, ni haga ruidos molestos que perturben el descanso de los estudiantes. Son el futuro del país y todavía están creciendo. Su córtex prefrontal está por acabar y no podemos poner en riesgo nuestro futuro. Y recuerde dos cosas: para un erasmus juernes son todos los días de la semana, especialmente si están aprendiendo a tocar la guitarra. Y por favor no sea cenutrio, respete enero y junio, estos son los meses de estudio y su vecindario estudiantil necesita de un silencio monacal.

Por otra parte, tenga en cuenta que detrás de toda esta realidad hay muchos inversores responsables y comprometidos con el crecimiento cuya filosofía no es otra que la rentabilidad monetaria a final de mes. Si Vd. es un o una patriota habrá entendido lo que le propongo. Primero, no defraude y pague todos sus impuestos que son esenciales para mantener el decorado en el que se ha convertido a su ciudad. Entienda que la gentrificación es un proceso natural. Venda su piso a un inversor alemán que lo alquile a turistas o erasmus, aunque genere una burbuja de alquiler. Y, por favor, váyase a otro barrio. Y si no lo hace, le propongo la mejor de las soluciones: debe Vd. condenarse voluntariamente a vivir en un permanente arresto domiciliario al servicio de la comunidad. Es este sin la menor duda un deber público ineludible.

Y si Vd. se gentrifica y acaba en un pueblo con pinchadiscos vocacional, no sea carca y adáptese al cambio social contrátelo. Todavía está Vd. a tiempo de darse a la bebida, la narcisismo hedonista, a ser parte de los que realmente mandan.