Otra vez no….

El niño de 11 años que fui vivió el golpe de estado del 23F en casa de su abuela. De entonces guardo dos recuerdos muy nítidos: la narración casi futbolística en la Cadena SER, siempre encendida en su casa, y mi abuela presta a sacar su rosario y rogar pensando en la Guerra Civil. A mi abuela casi le matan al marido, por requeté, y le mataron de hepatitis carcelaria al hermano por oficial republicano. Todavía recuerdo como una imagen lejana el día de junio en que mi abuelo me llevo a conocer las urnas. Mi recuerdo es puramente emocional no racional, todavía siento las lágrimas de alegría por la libertad recuperada y un mensaje nítido que me acompañó siempre y que entiende la participación democrática como un deber ineludible.

Quién sabe cómo esas vivencias de la infancia determinaron futuras vocaciones. Lo que aprendí en el camino es que nuestro pueblo guarda una relación emocional con su Constitución y sus instituciones. El efecto del llamado consenso constitucional, del fracaso del golpe, y de la integración en las Comunidades Europeas operó como un bálsamo que nos convenció de nuestra modernidad y nos dotó de tanta seguridad, como nos la restó el final del Siglo XIX y un azaroso Siglo XX. Superada la crisis del petróleo y las reconversiones creímos que todo era posible.

El joven universitario que fui creció en un entorno confiado en el futuro que se sentía orgulloso de lo heredado sin alcanzar a entender las profundas grietas y fallas que han ido socavando el edificio constitucional. Llegados a este punto, no espere el lector una sesuda reflexión jurídico-constitucional. Primero, porque esta noche apenas dormí y carezco de la debida lucidez. En segundo lugar, porque tengo la impresión que hemos renunciado al recto ejercicio del Derecho. Huyendo del positivismo extremo hemos caído en una suerte de guerra en la que tu posición será enjuiciada desde el tamiz ideológico. Así, lo que en realidad importa no es el bien común o la justicia sino el conmigo o contra mí. Sin embargo, comparto la lucidez y sentido de Estado de Tomás de la Quadra Salcedo capaz a un tiempo de realizar un análisis fino sobre los orígenes próximos de este estado de cosas, y sobre los errores de unos y otros.

Leía este fin de semana, el anecdotario de Carandell  “El show de sus señorías”  con una sonrisa triste. El capítulo dedicado a la elaboración de la Constitución Española rebosa optimismo y admiración. Traslada un tiempo en el que el feroz debate parlamentario parecía no hurtar el fin último de toda acción política: perseguir el bien común. Sin embargo, una tras otra, las imágenes autocomplacientes que alimentaron mi educación se han ido derrumbando. Nunca fuimos capaces de cerrar nuestro modelo territorial. Preferimos boicotear productos de unas u otras comunidades autónomas, pedir firmas contra unos o contra otros, antes de entender cómo era de diversa nuestra realidad y cómo construir un futuro en común desde la misma, entendida como riqueza cultural y social. Sacrificamos nuestra historia, primero por miedo, después en aras de la reconciliación y con ello estamos condenados a repetirla. No fuimos capaces de diseñar un modelo común de educación, de sanidad, o de conformación del Poder Judicial, y esto que la Ley Orgánica se adoptó para promover el pacto.

Mi generación durmió en un sueño en el que parecíamos un país que crecía desde la profesionalidad y el rigor. Éramos los nuevos alemanes con lo mejor de los mediterráneos.  Despertamos con la crisis de 2008 viendo atrás corrupción, desarrollismo, un territorio arrasado cuyo único futuro era, una vez más, ser albañiles o camareros, ya saben la España del sol para los magaluferos británicos y alemanes o los jubilados escandinavos. Sin embargo, también podemos ser otras muchas cosas. COVID demostró cómo pese a una década de desinversión los profesionales de la sanidad, tan despreciados hoy en algunos territorios, los de la educación, y la universidad estaban dispuestos a entregar salud y vida al servicio del bien común. Nuestra población posee las mayores capacidades de nuestra historia. Ya no somos analfabetos idiomáticos, competimos en innovación e investigación. Y esta vez, hay un Plan Marshall, Next Generation, que no nos dejará atrás.  Nunca tuvimos más posibilidades de construir un futuro mejor.

Esta noche el Tribunal Constitucional parece haber dado el golpe de gracia a una crisis política y social larvada cuyos efectos deberíamos pasar a contener y remediar con urgencia. Honestamente, no me importa “quién tenga la razón”, porque vivimos inmersos en una irrealidad irracional. Son años de monólogos enfrentados sin espacio para el pacto o la transacción. Y se producen en el peor de los escenarios, el de una emocionalidad buscada y aumentada en el altavoz de las redes sociales. En ese contexto, escribir este artículo es en si mismo una operación de riesgo que despertará sin duda críticas acerbas y odios enfermizos.

En cada una de sus comparecencias las presidencias de Congreso y Senado, y el Ministro de la Presidencia han manifestado su lealtad institucional y el acatamiento de la sentencia. Polonia, Hungría o Bulgaria nos muestran como a pesar de sus defectos la Unión Europea opera como una barrera de contención desde la institucionalidad. Sin embargo, en algunas de estas intervenciones, y en todas las de los grupos parlamentarios se aprecian emociones encontradas y posiciones irreconciliables. Hemos traspasado un límite que no parece tener vuelta atrás. El sistema electoral nos aboca a una situación de alta volatilidad y no excluye volver al modelo frentista.

En la “vida real” cualquier analista de riesgos activaría su plan de contención, en una noche larga y una lucha titánica por asegurar que no hay más daños, que la brecha se asegura y que se inician las obras de reparación. Mi abuela no acertó el 23F. Pero no hace falta una guerra civil para romper un país. Sus palabras adquieren hoy para mí todo el sentido. Por favor, otra vez no.