Morir una y mil veces.

Morir tal vez sea uno de los momentos más importantes de nuestras vidas. Hacerlo bien es fundamental y depende del control que los Dioses nos den o nos nieguen. A todos nos gustaría apagarnos levemente como en un sueño dulce estrechando la mano de un ser querido, con el alma serena, con la lucidez de quién se ha despedido y marcha en paz sin deudas ni pesar. Y sin embargo, generalmente no se elige ni cuando, ni cómo.

A veces, para hablar de una cosa el haberla vivido aporta algo de criterio y experiencia. Sólo he visto morir a una persona en un hospital, mi centenaria abuela. Aquella fue una buena muerte, la que uno tal vez querría. Inconsciente y sin dolor, acompañado de los tuyos que te besan y toman de la mano en un espacio íntimo. Y sin embargo, la biología es tozuda. A medida que te apagas el cuerpo va perdiendo su dignidad necesitas pañales, tu higiene, tu presencia, está en manos de otro. Y cuando te vas a ir de verdad descubres porqué la vida siempre prevalece. Esto no es una película, no miras perdidamente a una cámara sueltas tu frase y quedas fijo mirando al infinito. Tu cuerpo no quiere morirse, la respiración y el corazón se paran varias veces, convulsionas agitadamente porque tu cuerpo sigue el camino para el que fue diseñado y trata de sobrevivir a toda costa. Incluso estando inconsciente te acabas muriendo en una suerte de encarnizada pelea contra el mundo. De ahí que sea tan importante el tener la suerte de hacerlo íntimamente y con dignidad.

Vivimos en una sociedad en la que la experiencia de los videojuegos, las teleseries y el cine han banalizado la muerte y la violencia. Ver morir a una persona en la realidad es algo excepcional. La gente no muere en sus casas, la llevamos a sobremorir a un hospital. Ocultamos la muerte a nuestros jóvenes que crecen ajenos a la más importante realidad de la vida de todo ser humano. Ya no hay plañideras, ni ataúdes en el recibidor o el comedor. Los muertos se quedan más solos que nunca en la fría y edulcorada sala de un tanatorio, lejanos e inasibles.

Y sin embargo vemos cada semana decenas, centenares de muertes. En una hora de videojuego matamos más que un soldado en las Guerras Mundiales. Toda serie de televisión comienza con un asesinato, y algunas con un muerto en descomposición al que habrá que hacer la autopsia en primer plano. En algunas películas mueren más personas de las que habitan una ciudad de tamaño medio. La muerte en pantalla es algo rutinario, despersonalizado por la ficción hasta el punto de que a veces el plano se recrea en la suerte.

Pero la televisión no es realidad, ni siquiera en las noticias. La pantalla ejerce una influencia medial que tiñe de irrealidad las cosas, que proporciona una distancia tranquilizadora. Verán, dejé de ver los toros el día que asistí durante diez minutos a una corrida. Aquel joven universitario no fue capaz de hacer la transición de la tele a la realidad. Y les juro que gracias a mi abuela era capaz de comprender cada suerte, de distinguir entre gaoneras, reboleras, manoletinas, chicuelinas, torear al natural o recoger al toro en la suerte contraria. Pero el bramar del animal, aquellos churretones de sangre, el olor a sudor y adrenalina, el pasar de aquellos cuernos astifinos a milímetros de la cintura del torero… Aquello amigos, no lo resistí.

Morir en el asfalto en un atentado debe ser otra cosa a la que parece en los medios. Piénsenlo bien. No lo esperas, tú estabas paseando y de repente ya no estás porque algo te embiste. Los huesos crujen en un sonido que debe ser aterrador, los cuerpos quedan desencajados y contrahechos en posturas imposibles, las víctimas sangran, entran en shock y convulsionan perdiendo sus zapatos. Se pierde también la noción del tiempo y el espacio e intuyo que se sienten un dolor y un vacío aterrador. Las víctimas gritan, se encogen, llaman a sus madres ¿Por qué uno siempre se acuerda de su madre en esos momentos?

Incluso aunque no te mueras, cuando eres un testigo directo, un médico o un policía, seguramente nada es lo que parece en la tele. Debes decidir  a quién se lleva la ambulancia y quien ya no tiene oportunidad, y tienes segundos para ello. Debes amparar a un perfecto desconocido, mirarle a los ojos y decirle que todo va a ir bien, aunque no sea cierto, ofrecer una sonrisa o un cálido abrazo a un ser tan ajeno y tan cercano cuya lengua tal vez ni conoces, sabiendo que es lo último que sentirá, verá y recordará.

La muerte en el asfalto de un atentado no es nunca digna, porque es injusta, porque niega toda humanidad. Pero es noticia. Y las noticias en 2017 ya no son lo que eran. Los medios retransmiten todo en directo, y cuando llega el atentado pasamos a un esquema de 24/7. No hay otra programación. Y las fuentes de información se multiplican. Miles de personas estaban allí y lo grabaron en sus móviles de modo instintivo, sin cuidar el plano, sin maquillajes. Cualquier nueva imagen hay que darla, y hay que publicarla ya. No hay un consejo de redacción que pueda debatir, a lo sumo una o dos personas que deberán decidir si se sube o no esa foto o ese video. Y en su decisión pesará tanto el interés informativo como la urgencia de llegar antes que otro medio, que otra web, que YouTube. Hablamos de segundos.

La imagen ha sustituido a la narrativa en nuestros medios. El redactor que cuenta la noticia en directo pasa a una esquina del plano, o simplemente desaparece. Su voz es un fondo que tapiza lo relevante, la furgoneta que atropella una y mil veces, los cuerpos tirados en la calle, las multitudes que huyen despavoridas. La emoción sustituye a la reflexión.

En este contexto, soy incapaz de establecer cuál sea el alcance del derecho a la información, y hasta qué punto ciertos estilos de retransmisión y publicación son mejores que otros. Unos dirán que precisamente la crudeza de las imágenes es la que contribuye a la formación de una opinión pública libre. Que la función de los medios no consiste en edulcorar la realidad sino mostrarla con toda su crudeza y que todos podamos conocer la barbarie  terrorista para empoderarnos y luchar contra ella.

Otros considerarán que el ejercicio de la función periodística requiere de un ejercicio de autocontención y que una vez se ha conseguido el objetivo no aporta nada una imagen más, o la repetición circular de las imágenes. Que una vez narrada e ilustrada la noticia llega el tiempo del análisis, del experto, de la reflexión.

Yo sólo sé, que desde 1993 viajo a Barcelona casi cada año. Que paseo sus Ramblas, que amo la ciudad y a sus gentes. Que cada imagen en estos días me ha golpeado brutalmente, que la empatía con el dolor me ha obligado a cambiar más de una vez de canal de televisión y apostar por la radio. Que morir en un atentado es algo sucio, indigno, injusto, inmerecido. Y que en esta sociedad de las redes, y de las cámaras en smartphones, en un atentado se muere miles de veces.