Docencia online. ¿Qué hacen los mejores profesores?

Con este título publicó la Universitat de València la traducción de una investigación realizada en Estados Unidos en la que se trataba de definir un patrón que permitiera definir la excelencia docente en el mundo universitario. Lo sorprendente a la par que interesante de la publicación residía en que no contaba con ningún decálogo, no permitía ser el mejor profesor en diez cómodos pasos. El trabajo de campo consistía en entrevistarse con aquellos profesores cuyo prestigio docente era reconocido y tratar de aprender su experiencia. Y la conclusión venía a corroborar el acierto del refrán, y cada maestrico tenía su librico. No obstante, si existían algunas trazas comunes que se podían extraer de cada entrevista.

La primera de ellas era la manifiesta vocación docente de cada uno de los profesionales. No hay milagros, un profesor sin vocación docente no puede soportar la presión diaria durante años, no puede alcanzar el grado de renuncia, sacrificio, entrega y paciencia que ello supone. Pero sobre todo, uno no puede transmitir pasión si carece de ella, sería como uno de esos músicos academicistas capaces de interpretar la partitura con precisión robótica pero sin alma.

Otro elemento característico en todos los casos era el respeto por el estudiante. El alumno no se concebía como el mero receptor pasivo del aprendizaje, no era un libro blanco en el que escribir. Aunque sea cita ociosa, conviene recordar que un universitario es mayor de edad, paga impuestos, vota y es penalmente responsable. Cuando el docente lo minoriza, cuando la clase responde al modelo paternalista del despotismo ilustrado, cuando lo último que importa es el estudiante el éxito será muy limitado. ¿Cuáles son las necesidades del estudiante? ¿Cuáles son sus expectativas? ¿Soy capaz de identificar sus debilidades y fortalezas? ¿Deberían aprender Derecho Constitucional o finalizar el curso siendo mejores juristas?

Todas estas cuestiones, tienen una respuesta analógica. Podríamos mejorar la calidad docente sin el auxilio de las herramientas que proporcionan las tecnologías de la información. Sin embargo, el hecho de disponer de las mismas nos ofrece oportunidades verdaderamente interesantes algunas de las cuales destacaré con la conciencia, como en el libro citado, de su enumeración asistemática y tratando de evitar el estilo propio del manual de autoayuda.

En primer lugar, el profesor online es un trabajador 24X7. Las aulas virtuales hacen desaparecer completamente la barrera física y temporal pero exigen un cultivo constante. Si Vd. ha cultivado tomates sabrá que el esfuerzo diario es limitadamente bajo pero también que no puede estar tres días sin atender su cosecha. Y aquí es donde la autoridad del docente se la juega. Un aula virtual no es una herramienta para “no estar” en el despacho, o para estar menos, es una herramienta para estar todo el tiempo y exige del profesor un liderazgo constante. La confianza de sus estudiantes tiene un plazo muy bien estudiado cuyo timing óptimo es el de las siguientes 24 horas, y cuyo límite es el de las 48 h. Y no hay excusa, si Vd. está de congreso y responde una duda desde una habitación de hotel su estudiante lo agradecerá, y el suyo será un ejemplo que les enriquecerá ya que les mostrará el camino de la dedicación.

Un entorno virtual es un extraordinario espacio de socialización cuyo uso conviene estimular. Crear un foro para publicar noticias o provocar que se mire alrededor y se encuentre en la realidad social inmediata elementos de conexión con el objeto de estudio, rinden beneficios. La actitud, y la aptitud del estudiante mejoran cuando vincula lo estudiado con la realidad. Confieso que juego con ventaja, y los debates sobre el modelo de estado, los estados de alarma, los artículos de opinión o los momentos impagables colgados por el canal de televisión del Congreso con las comparecencias parlamentarias lo ponen fácil cuando se imparte Derecho Constitucional. Pero no hay que quedarse aquí, es necesario provocar el debate, comprometer en el foro a los estudiantes y asegurarse de que van afinando sus capacidades para el discurso y la argumentación. Por otra parte, socializar las dudas animándoles a compartirlas públicamente o publicando las respuestas a preguntas privadas mejora el grado de comprensión de la asignatura.

Por último, en una lista no exhaustiva, la relación online permite cambiar las estrategias de corrección y evaluación de las tareas. No basta con poner una nota. Tenemos al alcance el trabajo del estudiante en un documento de texto “manipulable” y podemos ir un poco más allá de los contenidos. Por otra parte, podemos realizar una corrección que incluya notas personalizadas. Ello nos permitirá profundizar en habilidades y competencias que van más allá de la comprensión del temario. ¿Es adecuado el estilo y vocabulario? ¿Sabe cómo, cuándo y qué citar? ¿Se estructura bien el contenido? ¿Se manejan las fuentes? ¿Es capaz de hacer oír su voz, de trasladar con solvencia su opinión jurídica? Y esta estrategia puede trasladarse incluso al mundo físico, a la corrección de exámenes presenciales.

Las herramientas digitales, el correo electrónico, los gestores de corrección o los foros de debate en el aula virtual nos permiten ofrecer un bien muy valioso: personalización. Y ello no significa convertir la docencia en una tarea hercúlea. En mi experiencia dos frases “Buen trabajo, sigue así” provocan en mis estudiantes un “efecto estímulo” significativo. Ciertamente en otras ocasiones, especialmente si el estudiante se deja, podremos recuperar vocaciones, reconducir la metodología de estudio y mejorar sus capacidades haciendo que el esfuerzo merezca la pena. Y en estos casos el trabajo será mayor.

La interacción online no es un camino de rosas, exige un esfuerzo mantenido en el tiempo. Obliga a ponernos al servicio de los intereses de nuestros estudiantes. Comporta ser capaz de provocarles, de poner en evidencia sus debilidades para mejorar, y en reforzar sus fortalezas. La docencia online supone ante todo una vocación de servicio. Pero, para eso queríamos ser profesores, ¿no?