Docencia online. El fin de la presencialidad exclusiva.

El modelo de Bolonia parecía inicialmente suponer una apuesta nítida por la diferenciación entre las universidades con una fuerte carga de presencialidad y aquellas cuyo desempeño resulta netamente virtual. La realidad práctica ha sido la aparición de una fuerte presencia de la virtualidad en la universidad tradicional.

Una gran parte de la vida académica del estudiante va a desarrollarse sin duda en un mundo virtual. De una parte el aula virtual se ha convertido en el “registro de entrada” de los trabajos y casos prácticos en la docencia del derecho suponen hasta un 30% del total de la nota a la que se accede mediante evaluación continuada. Por otra parte, una parte de la organización del trabajo va a depender de un buen uso de la agenda del aula y de cómo el profesor utilice este espacio.

Uno de los usos potenciales tiene que ver con el aprendizaje en el manejo de las fuentes. Aunque aquí es razonable advertir que no podemos pasar del casi autismo de la vieja escuela al paternalismo en sólo una generación. Hasta hace no demasiado el estudiante contaba con un programa que incluía una bibliografía de referencia. En algunos casos el refrán “el maestrico tiene su librico” debía ser interpretado de modo literal, y el estudiantado consideraba altamente recomendable comparecer a los exámenes con exhibición manifiesta de la última edición, que en algunas asignaturas por cierto cambiaba el color de la tapa con regularidad anual. Hoy el profesor puede apuntar en el aula, o directamente cargar en el espacio de recursos, materiales jurisprudenciales y bibliográficos complementarios a disposición del estudiante. La cuestión es encontrar un equilibrio en el que estudiante aprenda a prepararse “su propia comida”.

Por otra parte el acceso a recursos multimedia mejora extraordinariamente los procesos de aprendizaje. Recuerdo, a título de anécdota, cómo la declaración del Estado de Alarma fue seguida en tiempo real por mi clase de Derecho Constitucional I, y cómo después con los videos de Congreso TV desbrozamos milímetro a milímetro cada uno de los entresijos del asunto. En otra ilustrativa anécdota, resultó emocionante cómo mis estudiantes de Criminología presentaban trabajos multimedia en el que se ilustraba con Google Maps el recorrido de las manifestaciones, los escenarios de conflicto y la aplicación de la normativa al dispositivo de seguridad. Es obvio por tanto, que la docencia universitaria será ineludiblemente parcialmente virtual.

Por otra parte, se aprecia una tendencia significativa a la virtualización. Algunas universidades desarrollan una oferta paralela 100% virtual en algunas titulaciones, y especialmente cuentan con una amplia oferta de formación continuada y de posgrado online. Asimismo, la apuesta por la democratización del conocimiento primero bajo el modelo del Open Course Ware y ahora con los llamados MOOC forma parte del escenario de migración de ámbitos significativos de la docencia a la Galaxia Internet.

Cabe plantearse como podemos aprovechar esta tendencia como herramienta para ofrecer condiciones de igualdad material a los estudiantes más desfavorecidos. Se aprecia en la universidad actual el regreso a un escenario social muy parecido al de los años ochenta, salvo en la masificación, aunque mucho peor ya que responde a un estadio de regresión. En aquella etapa muchos dependíamos de las becas, no siempre abundantes, y allí donde ello no bastaba para la subsistencia de la economía familiar tocaba simultanear estudios con la presencia en un mercado laboral emergente para quien aceptase salarios bajos y temporalidad. En aquellos tiempos comprar los cuatro o cinco libros a los que obligaba un conocido profesor de Derecho Político en primero de carrera era sencillamente una tragedia. Las fotocopiadoras de la época eran uno de los negocios más boyantes de la ciudad de Valencia, en el Campus de Blasco Ibáñez las había a decenas.

En el contexto de la crisis actual, la universidad proporciona a los estudiantes conectividad y es capaz de ofrecer recursos virtuales suficientes como para desterrar aquel lúgubre mundo de fotocopias y libros de precio imposible que algunas noches todavía me atormenta en sueños en los que siento que nuca me licenciaré. Asimismo, muchos de nuestros mejores y más comprometidos profesores están elaborando materiales bajo licencias Creative Commons y ayudando al esfuerzo de localizar bibliografía complementaria de uso gratuito. Por otra parte la industria debe ser capaz de encontrar nuevos modelos de negocio que favorezcan la proliferación de bibliotecas virtuales. Estos recursos deben ofrecerse a precios asumibles para la universidad e incluso directamente al estudiante a precios competitivos e incluso mediante tarifas planas.

Por último, debemos asumir que la tendencia en los grados a la exigencia de una presencialidad a ultranza entrará en conflicto con muchos casos en los que la dedicación laboral a tiempo parcial sea una condición de supervivencia para el estudiante. Y salvo que deseen expulsar a su “cliente” a universidades 100% virtuales, deberán encontrar el modo de hacer compatible el estudio y el trabajo. Para ello, la grabación de las clases, el estudio online e incluso los controles virtuales de presencia y trabajo desarrollado serán una herramienta indispensable.