Crónica sentimental del III Congreso Nacional de Privacidad.

Suele ser habitual que muchos compañeros y compañeras publiquen resúmenes sobre nuestras actividades. Es un esfuerzo importante que pone a disposición de la comunidad el conocimiento generado. Estén atentos a ellos, les merecerá la pena. Sin embargo no es esta la finalidad de este post, ya que no se cuenta con la necesaria objetividad para abordar los contenidos. Precisamente por ello, porque cualquier aproximación a lo que sucedió en Madrid los días 25 y 26 de junio de 2015, en el III Congreso Nacional de Privacidad de la Asociación Profesional Española de Privacidad no sería objetiva, se opta por ofrecer una crónica absolutamente subjetiva.

Angustia.

Preparar un Congreso supone una fuente inagotable de estrés. La decisión sobre los contenidos, la elección de ponentes, la definición de las agendas, incluso como en televisión la programación de otras cadenas puede ser determinante. Todo está sujeto a mil variables a una labor de encaje de bolillos en la que mil una veces todo puede derrumbarse como un castillo de naipes. Así que la sensación que acompaña a la gestión y preparación de un evento de esta naturaleza constituye una permanente inyección de adrenalina en la que el estrés creativo resulta fundamental, y en la que ciertos fogonazos de angustia nos sitúan una y otra vez al borde del abismo. Sin embargo, este proceso de construcción-destrucción creativa incluye en su ADN los genes que fortalecen los equipos y proporcionan esa forma de ensamblaje simbiótico que convierte a un grupo en una sola persona. De alguna manera, al final el equipo se mueve como esos misteriosos, ondulantes y armónicos bancos de peces donde nada parece lógico, y sin embargo todo tiene su propósito.

Nervios.

Cuando el Congreso comienza en su primer día todo viene precedido de una calma tensa. Cada cosa en su sitio, todo y previsto y sin fallos… Y esa calma tensa está plagada de pequeños actos dirigidos a calmar la ansiedad: verificar el agua, acabar de envolver los detalles para los ponentes, verificar el audio asomarse una y mil veces a la sala donde todo ocurrirá, repasar un discurso…

Los nervios se mantienen siempre. Los ponentes a veces llegan ajustados, algo falla. En los últimos años WhatsApp se ha convertido en un elemento adicional de gestión en tiempo real y en una inestimable herramienta de contacto que funciona como un sistema nervioso que une al coordinador de la mesa con el mantenedor, a este con seguridad, ponentes, azafatas, prensa… Todo es digital, frenético y en tiempo real.

Diversión.

El III Congreso Nacional ha resultado francamente divertido, en sentido literal. Las ponencias han sido tan sesudas como siempre, pero con un tono sorprendentemente diverso y fresco. Finalmente el modelo sillón ha dado sus frutos. E incluso cuando se habla desde el atril, ya no existe el orador de púlpito, ya no sirve el prototipo un tanto autoritario de la conferencia autorreferencial que se “dicta”, se acabó el asistente pasivo que toma apuntes cual estudiante atemorizado en el primer año de universidad.

El III Congreso ha sido otra cosa, ha sido un intenso espacio de conversación. En él los colegas profesionales, los de arriba y los da abajo del escenario, han compartido saberes e inquietudes, certezas y dudas. Y tal y como se pedía desde la tribuna en el primer día, las sesiones han sido presididas por la búsqueda de un consenso racional definido por un debate entre iguales, con personas dispuestas a escuchar y satisfechas de ser escuchadas, con polemistas convencidos de sus argumentos pero dispuestos a admitir la razón de otra persona.

Y este proceso de tensión creativa ha sido presidido por el sentido del humor y la cortesía, por ponentes irónicos, contundentes, apasionados y siempre amables y respetuosos, y por un público altamente formado con ideas propias y sólidas y con preguntas incisivas. En el Congreso nos hemos reído y hemos disfrutado sin negatividad de la fascinante aventura del saber compartido.

Comunidad.

El III Congreso ha proporcionado, al menos a quien esto escribe, un profundo sentimiento de comunidad. La percepción de la consolidación de un colectivo con objetivos compartidos, que sabe hacía donde camina y que ha asumido su mayoría de edad. El nivel exhibido por nuestros profesionales ha sido de una excelencia encomiable y el caldo de cultivo que genera una reunión de estas características estimula el crecimiento y la creación.

Al margen queden los momentos de descanso, ocio y diversión protegidos bajo las siete llaves del derecho a la intimidad. Seguramente estos momentos hayan sido demasiado escasos y un elemento a considerar para futuros programas en los que deberíamos abandonar la rigidez de la corbata y definir más espacio para el intercambio amable en un entorno informal.

Por otra parte, resulta enormemente satisfactorio percibir como APEP adquiere solidez como nexo común aglutinador del ecosistema profesional de la privacidad. Los profesionales de la privacidad en España constituyen un cuerpo sólido de personas que van a articular la espina dorsal de la economía digital. Créanme, si quieren pisar fuerte en el mundo digital pongan un profesional de la privacidad en su vida.

Futuro.

Y existe finalmente un elemento esperanzados. Nos acompañaron estudiantes de distintos máster cuya participación, preguntas e intervenciones avanzaron lo que ya sabemos, un futuro prometedor en el que el rigor y la pasión se unen en la primera generación de DPOS nacidos en la era de internet.

Así que hoy en este sábado de calor africano y resaca poscongresual queda el regusto dulce de los grandes momentos vividos en el III Congreso Nacional de Privacidad, el deseo de que comience el IV, y una sola palabra: emoción.