¿Un país de emigrantes o de inmigrantes?

Tuve una infancia de emigrante cultural. Fui emigrante por herencia, emigrante por amistad y emigrante por observación. De hecho, me declaro nieto de emigrante huérfano. Mi historia es sin duda tributaria de la de mi abuelo cuyo padre murió en una mina francesa en los inicios en plena Primera Guerra Mundial. Lo que le condenó a una infancia triste de orfanato en Alcoi.

De aquella época, mi “yayo”, una persona con discapacidad y férrea determinación, obtuvo el aprender a leer y las cuatro reglas, un anticlericalismo rampante y la seguridad de que sólo la educación y el estudio nos redimen y mejoran. También, recuerdo su poso triste de hermano perdido en los Estados Unidos de los años treinta. Siempre me quedará, el saber que fue de mi tío José Martinez Gregori, del que se perdió el rastro para siempre. ¿Murió años después de llegar? ¿Construyó una nueva vida y familia y dejo de enviar remesas?

Mi bisabuela era una inmigrante interna, una toledana de Santa Cruz del Retamar enamorada de un bachiller valenciano de familia bien, pero escasa cabeza. Lo suficientemente inteligente para ganarse la vida en trabajos apasionantes, -como explicar las películas de cine mudo en Algemesí-, y lo bastante tarambana como para abandonar esposa e hijos, a una infancia de miseria y sacrificio. Pero de aquello quedó una educación exquisita para mi abuela, y en mis sentidos, esa cocina de gachas, migas, callos y cordero que ningún restaurante conseguirá imitar.

No les contaré la historia del republicano huido e incorporado a la resistencia francesa que pasó por los campos de concentración alemanes. Me faltan detalles solo recuerdo un viejo y amarillento recorte de periódico.

También escuchaba las historias de mi padre y de mi tío con ojos como platos. ¿Cómo puede parecer romántica la odisea de dos valencianos para cocinar un arroz decente en los Pirineos o la Camarga francesa? Eran historias de hombretones cortando pinos o recogiendo fruta. Juergas con amigos italianos o argelinos, alegres tristezas de exilado económico. Pero recuerdo aquellas fotos gloriosas de barbudos con un hacha sobre un pino. Y con bellas jóvenes, no sé si francesas o de otras partes, alguna de las cuáles pudo haber sido mi madre. Y siento todavía, el sabor acre de la vuelta a casa, del pudo haber sido y no fue de mi padre, portero de tercera división en Francia, y que, aunque nunca lo dijo, siempre creí que pensó en construir algo mejor en otro país.

Me acuerdo también de algunos amigos y conocidos de la infancia, como David o Enrique. Niños integrados uno pese al rechazo inicial, y perdido el otro en un mar de rabia sorda por volver a un país que no era el suyo. A nuestro amigo, su madre le reñía en francés, y no quiero pensar que le decía sobre los cenutrios de nosotros. También estaba Julia, no sé si argentina regresada o emigrada, con la que estudiaba en el asilo de monjas de mi pueblo.

En la calle del Hort del Sapo unos emigrantes construyeron un casoplón de dos o tres plantas. Parece que, si todos trabajan en casa, y cobras en franco suizos mientras vives con gastos hispanos, algo se ahorra. De año en año iban creciendo las plantas y siempre me acordaré de aquellas fachadas sin lucir, pero con amueblado viajado por media Europa. Sí, aquellos vecinos viajaban en un par de coches cargados hasta arriba de cachivaches comprados a precio de mercado europeo, y seguramente inexistentes en un país que en el año 1978 no debía envidiar mucho al Marruecos de hoy, y que pude revisitar en Bulgaria hace 10 años. Les prometo que si los pusiéramos ahora en camino al ferri de Alicante no habría ninguna diferencia con los furgones que viajan hoy por nuestras autovías.

Así, que por más viajo en mi recuerdo no alcanzo a ver en mi interior por ningún lado esa España rica de Primer Mundo. Yo lo que recuerdo es una infancia de niño pobre, de emigrantes reales y deseados. De temporeros que viajaban cada otoño a la vendimia francesa cargados de latas de atún y sopas de sobre. De una Australia deseada pero nunca alcanzada.

Y cuando miro a alguna España de hoy, les prometo que no me reconozco. No comprendo cómo podemos olvidar tan rápido. No entiendo esa solidaridad de boquilla acompañada de un racismo rampante. Somos un país de gente heredera de mil exilios, pobre de solemnidad hasta hace pocas décadas, perseguida y asilada en México, Argentina o Venezuela. Somos iberos, fenicios, griegos, latinos, godos, judíos, musulmanes, el precipitado de siglos de invasiones y descubrimientos. ¿Cómo podemos haberlo olvidado?