Soy “el cabezón”

Los lectores de este blog saben que Off Topic es el lugar donde el autor trata de exorcizar sus demonios de vez en cuando. Y en más de una ocasión, se trata de una sección en la que se expresan opiniones muy personales, a veces con una crudeza descarnada. Resulta sorprendente como nuestras palabras nos persiguen adquiriendo un cierto rango de profecía autocumplida.

Cuando explico a mis estudiantes principios básicos de protección de datos les cuento cómo en muchas ocasiones somos bastantes bastante sensibles a las trampas de la nostalgia y facilitamos  datos cuya utilidad es discutible. Una de las prácticas habituales al registrase en una red social de carácter no profesional consiste en indicar el colegio en el que pasamos nuestra infancia. Lo hacemos con la vana esperanza de recuperar el contacto con aquellos viejos amigos. Ciertamente se trata de un recurso valioso que a veces nos permite localizar a personas con las que no quisimos perder el contacto. Por otra parte, la nostalgia permite al proveedor obtener un perfil muy preciso de nuestra historia personal de gran utilidad a la hora de diseñar estrategias de publicidad emocional.

Pero no quiero escribir aquí sobre esto. Cuando explico estas estrategias cuestiono la necesidad de declarar tales datos. Y les pregunto por qué razón deberían recuperar en el mundo de Internet a aquellas personas que perdieron por el camino. En muchas ocasiones estas pérdidas derivan lejanía. Estudiamos en ciudades diferentes, trabajamos en lugares distintos, y nuestras vidas adquirieron un nuevo sentido. Por tanto, más allá de rememorar viejos recuerdos, carece de escaso sentido en recuperar el contacto con aquellos de los cuales nos alejamos de un modo profundo.

Por otra parte, no es menos cierto, que todos tenemos un conjunto de amigos de esos que se pueden contar con los dedos de la mano a los que no hemos perdido a pesar del tiempo y la distancia. Este hecho, nos permite diferenciar sin lugar a dudas, entre  la amistad y el recuerdo de las filias y fobias que decidimos conservar o borrar de nuestra memoria del niño que fuimos. No existe, ningún motivo para tener como amigo en una red social, más allá de la sonrisa nostálgica y del recuerdo compartido, a quien no lo es, y sobre todo a quien probablemente nunca lo fue.

No obstante, desafiando a toda razón, caí en una de esas trampas de la nostalgia compartiendo grupo en WhatsApp con compañeros de octavo de EGB. No escuché mis consejos, nunca debí haberme integrado allí. En un contexto de esa naturaleza, cada persona acaba asumiendo roles y comportándose como el niño que fue. Esto, en mi caso, significó soportar a los mismos acosadores. Mi infancia, de patio de colegio de pueblo era tan rural como clasista. Era muy claro para cualquiera quien era el niño o la niña guapo/a, quien el rico o el pobre. Y lo más peligroso “el empollón”. En este punto, ciertas películas americanas absolutamente intrascendentes, dan en el clavo cuando retratan este tipo de reencuentros. Como diría Martin Romaña, el entrañable personaje de Brice Echenique, uno no tiene más remedio que reducirse en edad y estatura en ciertos contextos. Y esto sin duda es lo que sucedió querido lector, y lo que me lleva hoy a la reflexión.

Era cuestión de tiempo tener la brillante idea de recobrar los apodos. El propio era sencillo sumen pobre, delgado, gafas, unas de las mejores notas de la clase, y un apéndice craneal prominente, fuera de todo percentil. Si lector, uno es cabezón, y también gordo, e incluso feo. Pero no había cariño o respeto en el apodo, había crueldad. No es una cuestión relevante, agua pasada no mueve molino. Pero ¿y si hacemos una lectura desde el presente?

Mi generación corrompió el sentido que en cualquier ámbito rural tienen los apodos. En la tradición sustituyen a los nombres, y tienen relación con una profesión, con las características de un determinado entorno físico, con algún tipo de valor ético o personal de la familia. Uno está orgulloso de ser el nieto de “Gostinet el resador”, si su abuelo salvó del hambre de la posguerra a los suyos rezando en entierros siendo discapacitado y sin más recurso que su inteligencia. Y queda fascinado cuando descubre que su abuela es la “explicadora” porque su padre narraba cine mudo, explicaba las películas. Pero los artistas del apodo en mi colegio eran duchos en el arte de insultar, vejar, denigrar y segregar a una determinada persona. Eran aquellos que permitían aflorar sus más bajos instintos, carentes de todo valor moral, de toda humanidad. Eran pobre niños víctimas de sus celos, de sus odios, de sus inseguridades y temores.

Acosar, es un modo de controlar de ejercer el poder. Es un modo de liderazgo tóxico, cruel carente de empatía. Es el embrión del fascismo y la intolerancia. Y recordarlo con cariño treinta años después constituye sin duda una bajeza moral incalificable. Y lo doloroso, es que esas personas tienen hijos. ¿Cuál es su umbral de tolerancia cuando esto afecte a su progenie? ¿Qué sucedería si sus hijos son vejados en una red social por una determinado rasgo físico? Es sorprendente y lejano constatar que estas cosas existan en 2017.

Me enorgullezco de trabajar en y para una institución en la que cada año se presta soporte y se garantiza el derecho a la educación de personas con discapacidad, a colectivos que requieren políticas de acción positiva. Me cuesta entender que no quepa otra alternativa que apreciar el valor de la diferencia. ¿Qué piensan de esto esta clase de cernícalos? Porque los cabezones, los feos, los tullidos, con su esfuerzo construyen esta sociedad tanto como cualquiera. Una sociedad que debería ser tolerante y empática, y en la que el esfuerzo, la inteligencia y el estudio deberían ser premiados y reconocidos. Mis vagos y simpáticos acosadores, los que despreciaban el deseo de estudio, lo van a pasar mal en el mundo que viene y deberían ser conscientes de ello.

Pero no es esto lo que me preocupa, no debemos desear a nadie ningún mal futuro. Verán, lo que me preocupa es otra cosa. Una sociedad que no ha sido capaz de digerir y cambiar los traumas y malos modos del franquismo rampante, una sociedad cuyos adultos “responsables” encuentran divertido y entrañable el regodearse en el insulto y la vejación, es una sociedad enferma. Esos comportamientos, carecen de empatía, son incapaces de no sentir otra emoción que la que deriva de un hedonismo narcisista y cruel. Como individuos dan pena, como sociedad dan pavor. Recuerden la historia, cuando no se es empático, cuando se desprecia al otro, es más fácil fusilar, es más sencillo acompañar con una sonrisa dulce a las duchas a los niños. Aunque uno sepa que lo que sale de ellas es gas.

Nota “lecciones aprendidas”.

Tras “dormir” este post resultan curiosas algunas sensaciones o reflexiones. La primera se refiere a cómo Internet puede ayudar al matonismo. ¿Fue este artículo un ejercicio de defensa de valores o un modo de dar rienda suelta a los instintos del autor? Internet, ofrece ahora un campo infinito para este tipo de ejercicios. Ya no importa ser alto, guapo o rico. Si se acierta con la frase idónea, se obtiene la fotografía oportuna y se es hábil, uno puede torturar a otro ser humano, ponerlo en ridículo, y perseguirlo 24 horas al día, 7 días a la semana. Basta con un terminal, conexión a internet e inteligencia para el mal. Asi que ¿en qué medida este post es un ejercicio ético o al contrario una suerte de venganza diferida? ¿Cuánto de exhibicionismo, de pavonearse, de regodeo, hay en él?

Alguien me recuerda y con razón, que tal vez haya algo de inadecuado en usar las capacidades adquiridas en el estudio del mismo modo que otros en el pasado usaron su crueldad. Que todos, antes y ahora tienen sentimientos, y que comportarse como lo que LLuis Vicent Aracil denominaba un oligarca de la razón no nos hace mejores. Y es cierto. Dormido y releído el post, considero que los valores que transmite siguen siendo positivos. Pero sería deshonesto no reconocer aquí que se escribió desde las tripas, desde ese irreprimible deseo de salir al ring de boxeo que tan bien expresa Delahoja.

Y sin embargo, el argumento de fondo sigue siendo válido. Los tiempos han cambiado, no puede haber tolerancia con el acoso escolar. Con ninguna clase de acoso, ni físico, ni verbal. Cuando permitimos a nuestros niños y niñas ser crueles con otros y no lo cortamos de raiz, cuando restamos importancia a comportamientos que pueden llenar la vida de una persona de años de amargura y resentimiento, cuando no educamos en la diferencia, nos empobrecemos, nos hacemos un poco más miserables. Y por eso, a pesar de una suerte de culpable admisión de matonismo intelectual, el post se mantendrá aquí, con sus virtudes y sus miserias.