On board camera

La lectura de la respuesta del RACE a una consulta al confidencial sobre «¿Cómo denunciar el acoso a un conductor?», despierta mi interés sobre la necesidad de realizar un reflexión en relación con esta materia. Desgraciadamente la falta de tiempo no me permitirá dedicar al mismo la intensidad merecida por lo que ruego disculpe el esforzado lector.

Sin embargo partamos del hecho de que el consultante al Confidencial se desplaza al lado salvaje de la carretera refiriéndose a «adelantamiento temerario; colocarse delante de uno y frenar de golpe con el fin de obstaculizar el paso; colocarse a la par y hacer ademán, repetidamente, de golpear el coche propio mediante desplazamientos laterales; impedir el adelantamiento aumentando repentinamente la marcha para frenar casi en seco cuando nos colocamos de nuevo detrás suyo».

Vamos a bajar nuestro listón un escalón más abajo a la conducta más común, y sin embargo probablemente la más peligrosa. Se trata de los acosos en el carril más a la izquierda de la autovía o autopista. Generalmente se trata de sujetos que circulando muy por encima del límite permitido “enciman”, -como dicen los locutores deportivos-, al vehículo que les precede. Esta conducta tiene múltiples variantes de afirmación testoterónica, -rara vez es una mujer-, como el centellear con las luces de cruce a distancia, circular con el intermitente izquierdo permanentemente encendido, o directamente presionar con acelerones.

Este lenguaje, creo yo expresa sentimientos diversos. Responde al descerebrado adolescente con un córtex prefrontal por madurar y amante del riesgo que grita lleno de adrenalina. También se te lanzan mensajes del tipo a ver mierdecilla si te apartas y dejas pasar a los machos. Y existe uno, creo el más peligroso del tipo: oiga yo me compré este pedazo de coche, para esto, yo lo valgo, estoy en mi derecho.

El problema se sitúa desgraciadamente unos metros por delante. Primero porque el conductor acosado puede encontrarse un obstáculo, desde uno de esos camioneros de yo adelanto porque me sale de mis 18 toneladas métricas, a un animal o lo que se tercie. Y entonces tenemos frenazo y tragedia. Pero también está el conductor inseguro que puede adoptar una decisión errónea sucumbiendo a la presión.

Por tanto, y para que nos entendamos, tanto en el contexto de las agresiones que denunciaba el lector como en la conducta del velocista acosador lo que están en juego son vidas. Así que querido amigo lector del mundo de la privacidad, o tú defensor a ultranza de las libertades frente a un estado opresor y orwelliano dale una par de vueltas y piensa en el padre que ya no dará un beso de buenas noches a sus hijos, la esposa o el marido viudos, los que verán morir a su niño o niña, los lesionados o traumatizados de por vida. Cuando defiendas el derecho a la vida privada, a la imagen o a la protección de datos de este tipo de conductores en el otro lado de la balanza sitúa el dolor, la tragedia, la sangre. No lo banalices, no hagas ese frío análisis que tanto nos gusta a los juristas despersonalizando la cuestión. Esto es muy personal, la vida es la más personal de las cosas. Y si se pierde por un cenutrio conduciendo a 180 Km/h no hay disculpa, no hay consuelo. Y por Dios, ni se te ocurra hablar del Código Penal, el Derecho desgraciadamente no resucita a los muertos, al contrario premia al cenutrio, lo reinserta ¿recuerdas?

Y sentadas las bases de esta tan poco jurídica reflexión, el problema de la captación de imágenes es ciertamente un problema jurídico relevante. Instalar una videocámara a bordo podría lesionar los derechos fundamentales de todos. Es decir, para luchar frente a unos pocos lesionamos los derechos del conjunto de la sociedad. Lo que tampoco parece algo muy proporcional. Y esto nos conduce a un aparente callejón sin salida. Podría entender que se invoque el principio de necesidad pero eso exige captar los hechos “en caliente” y no parece posible salvo que se cuente con un copiloto de apoyo y se salga a la caza. Lo que retroalimenta más si cabe mis dudas.

Pero, si realmente el problema existe, quien debe abordarlo es el legislador. Primero endureciendo las penas. Nada de privaciones limitadas de derechos. El precio debe salir tan caro que no resulte en absoluto rentable. Pero también se me ocurre así a bote pronto una locura. Ciertos vehículos incorporan tacógrafos capaces de medir su velocidad, distancia recorrida etc. Por otra parte, nada impide diseñar una videocámara que funcione como una caja negra. La suma de ambas tecnologías nos da como resultado la constante de la velocidad del “fotógrafo”, la aproximación del acosador, y la distancia entre vehículos. Podría regularse el modo en el que un sistema de esta naturaleza pudiera instalarse en vehículos de “colaboradores”, bastarían unos cuantos centenares, porque el acosador no sabría quien los incorpora. Por supuesto con plena publicidad del sistema, información legal y políticas de privacidad para aburrir a las piedras, además de sistemas seguros e inaccesibles para los voluntarios colaboradores.

Así que no duden Vds. si alguien toma el testigo de esta locura y regula la “on board camera”. Ya tienen el primer voluntario.