Los profes en el wasap…. Una visión ciudadana.

Leemos en la prensa de los últimos días cómo en un centro escolar un grupo de profesores intercambia lindezas como los que siguen: “«No puedo tragar que cuatro analfabetas cuestionen mi trabajo. Si no quieren ver que tienen hijos subnormales…», «Ningún moro es bueno. Más hijoputas imposible» o «Aprobé a los burros sólo por poner el nombre, ni en la aldea más remota de Asturias son tan palurdos»”.

Este tipo de comentarios resulta sencillamente estremecedor y revela una situación que, al margen de consideraciones jurídicas nos debe llevar a una profunda reflexión. En primer lugar, resulta fundamental el cambio de rol al que se ven sometidos los profesores. Quienes impartimos docencia universitaria, aunque sea de modo ocasional, hace años que aprendimos que el estatuto jurídico de los estudiantes es muy relevante. Ya no existe aquella vieja relación autoritaria, la letra ya no entra con sangre. El profesor debe respetar profundamente a sus estudiantes, y ello incluye a los listillos, a los graciosos, a los maleducados, a los violentos, o a los que tienen problemas. Esta pesada carga, va con el sueldo, y cuando este estudiante o su familia desborda los límites regulados de la convivencia lo que no se puede hacer es aplicar ese estúpido paternalismo latino nuestro consistente en permitir la conducta, y no sancionarla, para después desahogarnos en privado.

En segundo lugar, es perfectamente comprensible que un profesorado exhausto por su carga docente y enfrentado a padres que desgraciadamente no educan se sienta constantemente agredido. Sin embargo, no puede confundirse esta indudable realidad con un escenario en el que las relaciones padres-profesores ha mutado desde el omnímodo poder del maestro a la rendición de cuentas. Los padres deben aprender a no cuestionar la autoridad del profesor ante los menores. Pero el profesorado debe interiorizar que ejerce una tarea sometida al escrutinio público y a la crítica. Y, a pesar de las desafortunadas frases que encabezan este artículo, ya no lo hacen en un país de analfabetos. El volumen de titulados medios y superiores ha crecido, y con ello también el número de padres con capacidades suficientes para comprender el rendimiento académico de su hijo, su curva de aprendizaje y la calidad del docente. Así que, es fundamental que el estamento docente entienda que los padres no son esa piara de estúpidos que algunos pueden creer.

En toda esta cuestión, el uso del WhatsApp es una mera anécdota. Un centro escolar, es un complejo universo donde autoridad y democracia se balancean en una interacción constante. No parece posible que el grupo avance sin un liderazgo del profesor, y ello comporta siempre una pizca de disciplina y de autoridad. Pero cuando se confunde auctoritas con potestas por los profesores, o cuando desde el otro lado los padres confunden la crítica constructiva con un ataque agresivo a la dignidad del maestro, la convivencia escolar más que quebrar se corrompe.

Pero, volviendo al tema que nos ocupa. El escándalo del WhatsApp pone de manifiesto una absoluta carencia de competencia digital. Ni se ha comprendido cómo funciona el medio, ni se ha sabido para qué debe usarse, ni se conocen las mínimas reglas de comportamiento ético y profesional. Que debamos poner al profesorado en la columna de riesgos digitales para nuestros hijos es algo sencillamente inasumible.