You look disgusting.

Se te ve fea, es un emocionante video publicado en YouTube por Em Ford. Probablemente esta sea una traducción amable y fuera más acertado decir “eres o pareces desagradable”. La propuesta es tan sencilla como emocionante. Una profesional de los tutoriales de maquillaje decide publicar fotos de una cara con acné en una secuencia en la que se maquilla y desmaquilla sucesivamente. La imagen se rodea de los crueles comentarios que su imagen menos favorecedora recabó en redes sociales, finalizando con la frase “eres hermosa, no dejes que nadie te diga lo contrario, ni siquiera tú misma”.

Dejando al margen las suspicacias comerciales que este planteamiento pueda plantear, la reflexión resulta muy oportuna. Vivimos una realidad social de cartón piedra en la que la imagen es en sí misma el mensaje. Ya sabíamos que esto sucedía en el mundo de la producción audiovisual, que se había trasladado al periodismo y desde luego resulta poco menos que un imperativo legal en el mundo de la política. El “mens sana in corpore sano” de los clásicos expresaba un cierto equilibrio entre el cuidado del cuerpo y la capacidad intelectual hoy completamente pervertido. Lo fundamental es la simetría perfecta del rostro, el peso y altura adecuados para una pantalla de 16:9. Si no sabe hablar ya aprenderá, si es un papanatas le escribiremos los discursos, y si es corrupto, bueno si es corrupto con que no le pillen y reparta juego basta.

La cuestión adquiere tintes dramáticos cuando se traslada a la sociedad, a los adolescentes y menores que se exhiben en las redes. Resulta inconcebible que se vendan bañadores con relleno para niñas, pero se ha hecho. Basta con bucear en entornos sociales para encontrar fotografías de ellos marcando tableta con los inevitables bóxer o de ellas luciendo en una perfecta imitación de modelo publicitaria. En ocasiones esta exposición degenera en sexting en un juego peligroso en el que una persona, casi siempre la joven mujer regala todo para perderlo en la mayoría de las ocasiones. La gravedad de estos hechos es tal que compartir fotos que afecten a la intimidad sexual ha alcanzado la última reforma del Código Penal.

Pero el problema de fondo es mucho más grave. ¿Es posible que con este escenario de compulsivo culto al cuerpo estemos fomentando una sociedad que discriminar? ¿Es posible que ese abandono de lo que hasta hoy era una esfera de privacidad nos haga peores? Lo que parece cierto es que un escenario en el que las relaciones sociales en red magnifican la apariencia física excluirá de raíz a quienes no se ajusten al canon. Y no habrá nada que decir, de hecho ni siquiera será necesario hablar.

Además, todo apunta a un retroceso en la consideración social de la mujer. Si tras doscientos años de lucha por la igualdad, nuestro logro es volver a cosificar el cuerpo femenino habremos avanzado más bien poco. ¿Cómo hacer entender a nuestros hijos e hijas que esos cuerpos neumáticos o apolíneos de internet son sencillamente una mentira? ¿Cómo poner sobre la mesa que el tiempo nos marchita y entonces sólo quedan las emociones, los valores y la inteligencia? Puede que Em Ford sólo quisiera más visitas en su canal, pero su intuición es certera y muestra cuando la belleza artificial y compulsiva es una forma de esclavitud.