Un sueño.

Anoche soñé con Ricardo, mi padre. Murió en 2006 y aunque al principio nos veíamos con una cierta frecuencia onírica últimamente nuestras conversaciones van espaciándose en el tiempo. Mi padre era uno de esos trabajadores de sol a sol con una vida plagada de silencios domésticos. Sin embargo era un tipo expansivo, afable y bromista en el trabajo. Probablemente por eso casi siempre sueño con el padre de mis dieciséis en la empresa de ferrallas de Alzira en la que tuvimos largas conversaciones mientras alicate en mano ligábamos algunos de los millares de pilares y vigas que tan grande y desgraciada hicieron a la Comunidad Valenciana.

Los sueños son un regalo de los Dioses. En muchas culturas su interpretación resulta fundamental. En Italia uno puede encontrar pilas de libros que le explican la equivalencia numérica de un sueño para ganar la lotería. Para los menos prosaicos anuncian el futuro, y según más de un neurocientífico juegan un papel al parecer muy relevante no sólo como elemento reparador sino también en cómo algunas personas desarrollan aspectos cruciales del pensamiento. Si preguntan a más de un profesor les contará como durmieron con una libreta en la mesilla de noche para anotar las ideas que sus sueños les regalaban para la tesis doctoral. Por todo ello, es todo un acontecimiento cuando mi padre me visita cuál Ángel de la Guarda.

Esta vez, nuestra conversación de ferrallista no fue profunda. Lo curioso era el contexto. Todo el mundo se largaba de la empresa debido a que el empresario nos hacía trabajar a la hora de comer y no habíamos descansado desde las seis de la madrugada. Mi padre no me legó una cultura enciclopédica, -él sólo estudió hasta los diez años-, pero sí el tesón de esos hombres y mujeres que levantaron este país trabajando como animales. Así que como ya imaginan sólo él y yo permanecíamos en la empresa agotados y hambrientos, pero en el tajo y cumpliendo. Y aquí viene lo peculiar, la urgencia del encargo derivaba del hecho que debía exponerse esa misma tarde en un museo.

Como pueden ver mi padre es bastante literal, así que no hace falta buscar libros, llamar a esa pléyade de expertos que acompañan la televisión nocturna de las cadenas locales, ni consultar un oráculo. Tras años de desarrollismo salvaje el modelo de la construcción nos ha conducido al precipicio. Es una pieza de museo. En una poco experta manera de entender la economía, recuerdo que en la humildad de mi familia había dos ciclos económicos. En el constructivo se trabajaba a destajo hasta deslomarse, se pagaban deudas y se compraba la vivienda. Y todo como en el Egipto de José en siete años de vacas gordas. En el siguiente ciclo volvía uno al bancal a recoger naranja en otoño, a no hacer nada de febrero a mayo, se cosechaba frutal de mayo a julio, y en septiembre a vendimiar.

Hoy, ya no hay destajos, y al campo es imposible volver. Ya no es rentable, la mano de obra se ha sustituido por explotaciones más maquinizadas, y la superpoblación laboral, tras la incorporación de centenares de miles de personas a nuestro mercado hace inviable ese reparto de miseria del que disponíamos en los malos tiempos. Así que mi padre, con una metáfora muy de las suyas, directa y a la cara, me recordó anoche mis orígenes. Me hizo ver que trabajé duro para pagar mis estudios y que es el conocimiento lo que nos salvará. A mi padre parece que le pone el tan cacareado nuevo modelo productivo intensivo en investigación y creación de valor añadido en una sociedad digital. Ciertamente él nunca lo hubiera dicho así, sencillamente se me apareció en sueños y estuvimos montando zunchos, por cierto con una enorme dificultad ya que no me salía ni uno. Mi padre me mostró en el sueño que eso no le interesaba ya a nadie, que el trabajo que nos mantuvo a flote y pagó mis estudios era una pieza de museo. Literal si, pero un indudable regalo de los Dioses. Gracias papá.