Un niño en la crisis

 

Fui un niño durante la crisis de mediados de los 70 y primeros ochenta del siglo pasado. La economía de mi comarca, la Ribera Alta del Xúquer, se basaba en una especie de doble ciclo. De alguna manera, recordaba al sueño de las vacas gordas y flacas de José. Como en el Egipto faraónico el ciclo de bonanza debía aprovecharse.

Desde finales de los sesenta se evolucionó desde una economía campesina a una dual. El crecimiento lo proporcionó el desarrollismo y la construcción, particularmente acelerada en nuestro caso por los apartamentos junto al Mediterráneo. Así, cuando la construcción “tiraba” todo el mundo trabajaba en “la obra” a cambio de salarios basados en destajos que podían multiplicar fácilmente por cinco las rentas campesinas. Era una vida laboral muy dura, con salarios en negro, muchos incumplimientos en materia de cotizaciones sociales, escasa tributación, ninguna seguridad en el trabajo y horarios de luna a luna.

En la fase constructiva, se producía una intensa acumulación de capital que en función del rango de edad del trabajador se destinaba, cuando ya tenía familia, a pagar las deudas adquiridas en la crisis precedente y a la tan ansiada adquisición de la vivienda familiar. Los jóvenes ahorraban para casarse. Por el contrario, cuando llegaba la crisis se volvía a trabajar al campo, hasta entonces servido por operarios sin cualificación, jubilados y mujeres. El trabajo de temporero era obviamente estacional comenzaba con la vendimia en Francia, continuaba desde mediados de octubre hasta como mucho y con suerte febrero-marzo en la recolección de naranja, y finalizaba con un mes en el periodo junio-julio recolectando fruta. Sólo los especialistas, y los dispuestos a viajar a otras temporadas en distintos territorios trabajaban algo más. La economía en este periodo era de subsistencia. Uno era ayudado por la familia y por una red de crédito informal que le permitía comprar “a cuenta” en el pequeño comercio.

Sin embargo, en  mi comarca este delicado equilibrio se rompió el 20 de octubre de 1982 gracias a las inundaciones de la conocida “Pantanada de Tous”. El pantano, y ciertas heladas creo recordar en 1983 y 1985, convirtieron en casi imposible el disponer de algo parecido a un trabajo medianamente decente. Las vivencias del niño que fui, deben ser muy parecidas a las de los niños de hoy cuyos padres no pueden volver al campo simplemente porque ya no es rentable o por razones que por indemostrables prefiero no mencionar.

Aquel niño de 1983 tenía unas vueltas al cole particularmente trágicas. En primer lugar, podía disponer de libros nuevos solamente si la imprenta facilitaba el pagar a plazos, si alguien le pasaba los antiguos o, y ese fue mi caso en primero de bachiller, dedicándose al deslomante trabajo informal de recoger naranja verde de un tamaño máximo de dos centímetros caída del árbol y comprada por kilos. Afortunadamente, las becas escolares, si bien bajas en su importe, relajaban tras su concesión la economía familiar.

Ese niño se vestía con ropa que otros desechaban y reglaban a su familia. Daba igual si aquellos horribles pantalones de pana ya no se llevaban o de la necesidad de remendar, reaprovechar, reutilizar. En mi memoria permanece todavía la distancia sideral entre las marcas mi vaquero de pobre, Kepton o Caster, y los de clase media alta como Levis y después Caroche. De hecho, resulta anecdótico cómo uno recuerda la indumentaria que definía clases sociales entre adolescentes. Si no vestías zapatillas Nike, los citados pantalones, el jersey del cocodrilo, y el chubasquero Karhu, no eras nadie o poco menos que nadie.

El ocio de un niño en la crisis se compone mucho de mirar lo que hacen otros. Es probable que odie ferozmente los videojuegos porque nunca tuve dinero que echar a una máquina. Los Reyes eran repetitivos con su cinto de Cow Boy año tras año. Un balón de cuero “Tango” convertía a su propietario en el rey de la calle y se aprovechaba hasta la extenuación, y un monopatín “Sanchesqui” (o algo así) era simplemente inalcanzable. No obstante, nuestra infancia estuvo rodeada de cabañas construidas con escombros e imaginación, juegos de correr y pillar, trompas,  béisbol con palos o ramas de árbol (el palet), samboris con piedras o limas, y la salvaje muchachada recorriendo la campiña circundante.

¿Y que comía aquél niño de la crisis? La dieta básica incluía leche condensada “el Castillo” comprada en bote de 3.5 KG, que daba más de sí, galletas maría (las más baratas), bocadillo de tortilla o fiambre económico, y comidas elaboradas a partir de ingredientes accesibles y en esencia pollo, patatas, huevos, arroz y cerdo mucha carne de cerdo. La ternera o el cordero, o una botella de Coca-Cola en la nevera eran cosas de día de fiesta. Recuerdo que la llegada al pueblo de Mercadona y Superette complicó extraordinaria y afortunadamente el acto de ir a la compra que exigía una compleja bitácora en la que se marcaba exactamente lo que estaba más barato en cada sitio.

Pero en el invierno de 1982 ni si quiera aquello resultó posible. Aquel invierno, cuando ya nada quedaba después de que tres metros de agua pantanosa arrasasen tu casa y tus sueños, nos vestimos y comimos de octubre a diciembre con la solidaridad de los españoles. Y después, desde enero del 83 amueblamos con muebles prestados o regalados. Es muy duro ver los ojos brillantes de desesperación y agradecimiento de tu padre cuando alguien te trae de tu comunidad o de tu familia la comida a casa en cajas.

Mi padre fue una verdadera mula de carga, un trabajador incansable cuya dignidad herida en aquellos momentos recuerdo con honda emoción. Ser un hombre fuerte y trabajador, y no poder alimentar a tus hijos es la mayor de las indignidades. Cada vez que aquel hombre que se había dejado la vida en los destajos para comprar una vivienda de protección oficial, podía trabajar en el “turno subvencionado del ayuntamiento”, su alegría y orgullo revivían.

La vida familiar de un niño en la crisis es dura. No hay buena comida, no hay juguetes o son pocos y malos. La alimentación depende de lo que se pueda comprar o lo que te regalen. Y, si además hay deudas es muy probable que tus padres discutan, se agobien o se depriman. Los niños en crisis sólo a veces, dan como resultado adultos correosos, luchadores, trabajadores y con una voluntad de superación poco común. Pero, lo más probable es justo lo contrario.

Así que antes de opinar fríamente sobre macroeconomía y grandes cifras, los políticos, empresarios y analistas deberían pensar en la tristeza infinita de los niños en crisis y  en la dignidad perdida de quienes no pueden ganar su pan y el de sus hijos.