¿Esos desalmados servicios de internet?

Tal vez alguien debería realizar un estudio que estableciese la velocidad media en la aceptación de las cláusulas generales de contratación de los servicios de internet. Para quien no las tenga localizadas son esa línea azul que incluye las palabras: “Si Vd. marca la casilla acepta nuestras políticas de privacidad y nuestros términos y condiciones legales”. Dieciséis palabras, ni una más, y ni una menos, cuyo significado suele ser traducido por un: “bueno tienen políticas de privacidad voy a fiarme”.

Así, que cuando acepto, aparte de haber subarrendado en alguna ocasión mi alma, -como una compañía planteó en una de esas bromas míticas en Internet-, probablemente acepte: a) que la aplicación husmee en mi agenda, e incluso que se autoproponga a todos los que en ella están; b) recibir publicidad a la antigua por mail, y además segmentada, contextual, basada en análisis de comportamiento y en cualquier modalidad futura, anoten el concepto publicidad neuroemocional o neuromarketing; c) que la aplicación conozca en todo momento mi geolocalización y la notifique a terceros y a mis amigos, comoquiera que se defina ese concepto tan dúctil en los social media. Podríamos seguir, un día de estos no se extrañe si a la puerta de casa le aparece un camión de mudanzas para cargar los enseres que donó por internet.

Lo peculiar del caso, es que nos centramos y mucho en demonizar a las compañías que tratan nuestros datos. En el mundo de internet se produce un fenómeno que a cualquier notario le causaría hilaridad: firmamos contratos que no leemos, y esperamos que alguien nos defienda por haberlo hecho y a ser posible que masacre y demonice a la empresa.

Al parecer las búsquedas en internet, las herramientas sociales, las aplicaciones de servicios para smartphones o el almacenamiento y el correo electrónico son algo gratuito, sin costes. Por alguna extraordinaria razón creemos que Internet es algo genesíaco. Un demiurgo dice “hágase la luz”, mientras suena música céltica y en pantalla vemos un arco iris de colores, y entonces todo aparece y todo es gratis.

Pues no, querido lector, pagamos y pagamos con nuestra privacidad, y lo hacemos después de firmar un contrato de cláusulas extensísimas generalmente con sumisión a la legislación de otro país. Y como usuarios escogemos la configuración por defecto de su red social, y quien sube esa foto de la que siempre se arrepentirá y querrá olvidar. Y, a diferencia de países en los que deberá afrontar el coste de interponer demandas civiles, o de aquellos donde simplemente no se garantiza su derecho a la vida privada, si vive en la Unión Europea o en una democracia constitucional al uso muy probablemente cuente con una infraestructura administrativa de tutela del derecho fundamental a la protección de datos que le protegerá y defenderá contra prácticas abusivas.

Pero la próxima vez que quiera batir el record mundial de registro en un servicio dándole a aceptar, recuérdelo paga con datos, puede que el mayor enemigo de su privacidad sea usted mismo.