La perplejidad como metodología. Un aprendizaje en IGF.

En el marco de la reciente sesión sobre «¿Privacidad en riesgo? Vigilancia, big data e IoT» en la V Jornada Anual del Foro de la Gobernanza de Internet en España enfrentamos el reto de responder distintas preguntas sobre el estado actual de la privacidad. Contemplar las múltiples aristas que adquiere el fenómeno en un contexto de evolución tecnológica acelerada resulta sencillamente apasionante, como también lo es la diversidad de enfoques. Cada uno de los ponentes realizó aportaciones sustanciales desde puntos de vista muy diferentes. Les recomiendo que vean las grabaciones cuando estén disponibles.

Ofelia Tejerina nos enfrentó a la necesidad de concebir el Derecho en términos de responsabilidad, en la necesidad de acentuar el control que permita atribuir a sujetos concretos las consecuencias que corresponda cuando adopten decisiones inadecuadas. Roberto Ferrer apuntó a la dimensión positiva de las tecnologías de la información como herramientas potenciales para el desarrollo de nuevas utopías, de modelos de democracia participativa. Emilio Aced destacó el papel fundamental de la ética y el Derecho y, finalmente, Norman Heck puso sobre la mesa las decisiones del usuario.

A medida en la que como espectador privilegiado y rapporteur de la mesa tomaba notas, no podía sino sentir una cierta desazón. Al tiempo que anotaba las afirmaciones de los ponentes escribía en dos columnas certezas contradictorias y no podía dejar de pensar que vivimos en un mundo de verdades absolutas, de planteamientos teóricos maximalistas, y de individuos en posesión de la razón. En ese universo quien duda, quien se atreve a cuestionar a unos u otros, quien es incapaz de ver en blanco o negro sino en una inmensa escala de grises está condenado. Y como Martín Romaña, ese entrañable personaje de Bryce Echenique, se obliga a reducirse en edad y estatura sabiendo que el revolucionario de hoy que le acusa de tibio, será quien en unos años le reprenderá desde un universo contrario.

En privacidad, sin embargo parece que la perplejidad como guía pueda rendir algún beneficio. Me refiero no obstante a la perplejidad como punto de partida, a la capacidad de atorarse por un segundo, para pasar a la acción desde una postura crítica que ponga en duda cualquier postulado o punto de partida. En nuestro mundo las posiciones basadas en verdades incuestionables suelen conducir a resultados profundamente insatisfactorios. Estamos obligados a importar metodologías propias del pensamiento científico, nuestras conclusiones no pueden basarse necesariamente en operaciones silogísticas, en teorizaciones alejadas de toda realidad. No podemos operar exclusivamente desde la altura olímpica del jurista-demiurgo.

En protección de datos, se parte de los hechos, y ante una posible solución jurídica nos vemos obligados a que nuestro juicio se someta al delgado filo de la navaja de Ockham. No basta con generar “una teoría”, no bastan los juegos de artificio. ¿Qué sucederá en la práctica? ¿Qué riesgo se transfiere o evita? ¿Existe más de una posibilidad? ¿He verificado las condiciones concretas de aplicación? La capacidad de sorprenderse, de cuestionar todo, y de explorar nuevos caminos es esencial si se quiere poder acompañar la evolución tecnológica. Y en este esfuerzo se cometen errores. Sin embargo, la historia acredita que son mil veces preferibles los errores que derivan del ejercicio de la razón crítica.

Hoy nos enfrentamos a aparentes dicotomías insalvables. El Estado vigilante ¿vulnera la privacidad o asegura nuestro modelo occidental de libertades? Las empresas, ¿son malévolos leviatanes que comercian con nuestras vidas o productores de riqueza que necesitan gestionar información personal con cierta flexibilidad? La tecnología, ¿es neutral o dirigida? Y, en medio del fragor de la batalla, el experto se siente forzado a tomar partido por unas u otras posturas. Y es aquí donde la perplejidad como metodología juega su papel. Y lo hace porque obliga a mirar los argumentos en liza con sorpresa y mentalidad abierta. Y al menos en el caso de quien esto escribe, obliga a plantearse cuál deba ser el método que permita conciliar intereses en conflicto, a modular el sistema desde un punto de vista práctico y alcanzable, sin grandes teorías, con humildad.